Por Emilia Cotella

“Pecadores”: la película que arrasó con 16 nominaciones al Óscar

Pecadores, la nueva película de Ryan Coogler, ya rompió un récord que parecía imposible: con 16 nominaciones se convirtió en la película más nominada al Oscar de toda la historia. El número es impactante. Durante décadas el máximo había sido de 14 nominaciones, marca que compartían gigantes como Titanic y La La Land. Que una historia de terror gótico ambientada en el sur de Estados Unidos supere ese techo no es solo una sorpresa: marca un cambio en lo que la Academia está dispuesta a celebrar.

No se trata simplemente de una acumulación de méritos técnicos. Que Pecadores haya llegado a 16 nominaciones nos dice algo más interesante: el cine de terror, históricamente relegado a los márgenes del prestigio, hoy está en el centro de la conversación. Y no porque haya dejado de ser terror, sino porque el género decidió tomarse en serio a sí mismo. La película funciona como historia de miedo, pero también como una reflexión sobre heridas que persisten en el tiempo.

Ambientada en la era de la segregación racial estadounidense, la historia sigue a los gemelos Smoke y Stack, ambos interpretados por el magnético Michael B. Jordan, que regresan a su pueblo natal y se encuentran con una amenaza sobrenatural que parece surgir del propio pasado del lugar.

La idea de que el terror es otra manera de recordar conecta con la tradición del terror social de películas como Get Out y Us. Coogler usa lo fantástico no para escapar de la realidad, sino para exponerla. El sur profundo no es un decorado exótico, sino un territorio cargado de racismo, fe, música y culpa. En Pecadores, los monstruos no invaden desde afuera: crecen dentro de ese paisaje.

La actuación de Jordan sostiene gran parte de esa tensión, logrando algo difícil y admirable: convertir a los gemelos en dos personas distintas. Smoke siente todo, mientras que Stack lo reprime. La fuerza de su actuación está en los matices, que mantienen viva la tensión emocional.

Esa fricción también se construye desde lo sensorial. La fotografía de la película trabaja con sombras densas y calor sofocante, como si el aire pesara. La música, atravesada por blues y góspel, convierte el sonido en un eco persistente del pasado. Muchas veces el miedo entra por lo que se escucha antes que por lo que se ve.

Por eso el núcleo de Pecadores no es solo estético, sino temático. La película pregunta qué significa heredar una historia de violencia y cómo convivir con ella. Sus vampiros, reimaginados desde el folklore afroamericano, no son criaturas románticas: funcionan como metáforas de estructuras que se alimentan de otros cuerpos. El horror se vuelve político sin discursos explícitos; está en la textura del mundo, en la sensación de amenaza constante.

Que una película de estas características haya logrado 16 nominaciones habla de un cambio real en la industria. La Academia parece estar reconociendo que el cine de género ya no es un territorio menor, sino un espacio capaz de contar tragedias contemporáneas con la misma fuerza que cualquier drama tradicional. Pecadores no intenta disimular que es terror, sino que lo abraza como su lenguaje principal.

Perturbadora y hermosa en partes iguales, la película cierra sin dar respuestas fáciles y apuesta a una ambigüedad que se queda dando vueltas mucho después del final.

Que Pecadores sea la película más nominada de la historia no la convierte automáticamente en la mejor, pero sí funciona como un síntoma de época: el cine de prestigio ya no necesita disimular a sus monstruos para que lo tomen en serio.