Por Florencia Compagnucci

“El fenómeno sexto año”

Cada año, desde hace un tiempo al acercarse el final del ciclo secundario, se repite una escena que ya parece haberse naturalizado: estudiantes de sexto año transitan su último tramo escolar envueltos en una dinámica de celebraciones, rituales y expectativas que, lejos de ser meramente simbólicas, se han transformado en una experiencia desbordada.

El llamado “fenómeno sexto año” no es nuevo, pero en los últimos tiempos ha adquirido una intensidad particular. Lo que debería ser un cierre significativo de una etapa formativa se convierte, muchas veces, en una sucesión de eventos, gastos y exigencias que exceden tanto a los estudiantes como a sus familias y que no solo se reduce al “último año”, sino que comienza mucho antes, casi tres años antes de llegar a sexto. Viajes, fiestas, indumentaria específica, producciones audiovisuales, recepciones cada vez más elaboradas: la lista parece crecer año tras año, impulsada por una lógica que mezcla tradición, presión social y consumo.

Cabe preguntarse, entonces, qué se celebra realmente: ¿el fin de una etapa educativa o la necesidad de cumplir con un conjunto de prácticas que parecen obligatorias? En muchos casos, los estudiantes no solo desean participar, sino que sienten que deben hacerlo para no quedar por fuera. La pertenencia al grupo se vuelve un factor determinante, y con ella aparece también una forma de competencia silenciosa: quién organiza mejor, quién viaja más lejos, quién logra “la mejor despedida”, quién tiene la mejor remera. Sin dejar de mencionar, por supuesto, la presencia en redes: los Instagram de las “promos” rebalsan de fotos y videos que llevan al límite ciertos acuerdos sociales; es muy común encontrarse con videos filmados en las aulas cuyo objetivo es burlarse y humillar al profe que esté en ese momento, chicos y chicas borrachos o armando y pasándose  porros. Lamentablemente, hemos caído en una lógica de la exposición y la imagen que, en la mayoría de los casos, lo único que hace es atentar (implícitamente podríamos decir) contra la integridad de nuestros adolescentes porque este escenario de consumo no solo genera tensiones económicas evidentes, sino también una carga emocional significativa. Las expectativas depositadas en este “último año” son, en ocasiones, desmedidas. Se instala la idea de que debe ser el mejor año de sus vidas, una experiencia irrepetible que no puede fallar. Pero esa presión, lejos de enriquecer el recorrido, puede opacar lo verdaderamente valioso: los vínculos construidos, los aprendizajes logrados, el crecimiento personal.

Como adultos “responsables” (y lo pongo entre comillas porque muchos de estos resultados son productos de nuestras decisiones) —docentes, familias, instituciones— no podemos permanecer ajenos a este fenómeno. Resulta necesario habilitar espacios de diálogo que permitan a los estudiantes reflexionar sobre sus elecciones y cuestionar aquellas prácticas que se sostienen más por inercia que por sentido. Acompañar no implica prohibir ni desestimar el deseo de celebrar, sino ayudar a resignificarlo. Y resignificar a sexto año no tiene que ver con arengar al descontrol y a los excesos, sino más bien, tiene que ver con entender que sexto es una gran fiesta que debe ser transitada con emoción y alegría, pero también con responsabilidad. Tengo la sensación (como docente y mamá) de que la frase “ya fue es sexto” (que se viene escuchando hace ya varios años) esconde un montón de cuestiones que ponen a los chicos en un lugar de desprotección absoluta porque los límites son necesarios y también poner límites es un gran acto de amor.

Tal vez sea momento de recuperar la esencia de lo que implica un cierre: un espacio de encuentro, de memoria compartida, de proyección hacia el futuro. Un sexto año que no se mida por el nivel de espectacularidad, sino por la profundidad de las experiencias vividas. Porque, al fin y al cabo, lo que verdaderamente perdura no son los excesos, sino aquello que deja huella.