Nota de Tapa

La esperanza como huella: escribir la memoria desde la herida abierta

En un contexto donde los discursos negacionistas resurgen y las palabras parecen vaciarse, el poemario Tengo tatuada en el corazón la esperanza, de Romina Bada, se presenta como una apuesta ética y sensible: una escritura que no busca cerrar, sino acompañar. Una conversación sobre memoria, lenguaje y la necesidad urgente de seguir nombrando.

En tiempos donde la velocidad de lo cotidiano amenaza con diluir el espesor de la historia, hay obras que insisten en detenerse. Que incomodan. Que preguntan. Tengo tatuada en el corazón la esperanza no es un libro que busque respuestas definitivas ni consuelos fáciles: es, ante todo, un gesto de resistencia frente al olvido.

Su origen no responde únicamente a una inquietud literaria, sino a una necesidad más profunda. “Este libro nace, ante todo, de una imposibilidad: la de aceptar el olvido como destino”, explica su autora. Desde ese punto de partida, la escritura se vuelve una forma de habitar lo roto, de acercarse a aquello que sigue vibrando aunque ya no tenga cuerpo, fecha ni explicación.

Lejos de clausurar sentidos, el poemario abre preguntas. ¿Qué hacemos hoy con nuestra historia reciente? ¿Cómo se sostiene la memoria cuando el lenguaje mismo parece desgastarse? En ese cruce entre lo íntimo y lo colectivo, la palabra poética encuentra su lugar.

Una esperanza que duele

El título del libro no pasa desapercibido. Hay en él una fuerza que interpela, pero también una tensión: la esperanza no aparece como un refugio luminoso, sino como una marca persistente.

“La esperanza en este libro no es suave ni tranquilizadora. Es una esperanza que duele”, señala la autora. Está “tatuada” porque no puede borrarse, porque se inscribe en el cuerpo y permanece incluso en los momentos más adversos. No es espontánea ni ingenua: es una construcción, una decisión que se sostiene incluso cuando todo parece perdido.

Esa idea de esperanza se nutre de una memoria colectiva profundamente arraigada en la historia argentina. Es la esperanza de quienes buscaron sin respuestas, de quienes marcharon con miedo, de quienes nombraron cuando el silencio era impuesto. Una esperanza que no niega el horror, sino que convive con él.

En ese sentido, el libro también se inscribe en una tradición de luchas que han marcado generaciones. No como homenaje distante, sino como continuidad viva. La referencia a Sonia Torres, Abuela de Plaza de Mayo, aparece como una presencia fundamental: su búsqueda incansable, su persistencia, su manera de sostener la esperanza incluso en la ausencia.

Nombrarla es, también, una forma de transmisión.

¿En qué momento sentiste que este poemario tenía que salir al mundo?

Cuando entendí que el libro ya no era solo mío. Cuando esa incomodidad —ver cómo palabras como memoria, verdad o justicia corrían el riesgo de vaciarse— empezó a exigir una toma de posición, y a resignificar estas palabras.

También el contexto me interpeló profundamente: discursos que relativizan el terrorismo de Estado, silencios que vuelven, intentos de deshistorizar. Frente a eso, publicar fue un gesto mínimo pero obstinado: no dejar que lo vivido desaparezca del todo. No como consigna, sino como experiencia que todavía respira.

¿Cómo dialoga este libro con las luchas históricas por memoria, verdad y justicia en Argentina?

El libro no habla “sobre” esas luchas, sino desde ellas. Está atravesado por principios que el pasado reciente nos dejó como aprendizaje colectivo: la memoria como práctica activa, la verdad como derecho irrenunciable, la justicia como proceso, y el Nunca Más como límite ético.

También está profundamente marcado por la persistencia de las Madres, las Abuelas, los HIJOS. No aparecen como símbolos, sino como sujetos que enseñaron una forma de resistencia: sostenida, colectiva, sin odio. En ese sentido, la escritura es también una forma de militancia, una manera de continuar esa trama.

La memoria como práctica viva

En la obra, la memoria no aparece como un monumento rígido ni como un archivo estático. Es algo mucho más frágil y, al mismo tiempo, más persistente. Está en los gestos cotidianos, en lo mínimo: una puerta, un perfume, unas manos que buscan.

“En mi vida y en mi escritura, la memoria es responsabilidad, no nostalgia”, afirma la autora. Esa definición marca una diferencia clave: no se trata de mirar hacia atrás con melancolía, sino de asumir la memoria como una práctica activa que modela el presente.

¿Qué estamos dispuestos a tolerar? ¿Cómo nos vinculamos con otros? ¿Qué decisiones tomamos cada día? La memoria, en este sentido, no es solo recuerdo: es acción, es posicionamiento, es una forma de estar en el mundo.

El desafío de decir sin banalizar

Escribir sobre un tema tan sensible implica un riesgo permanente: el de estetizar el dolor o convertirlo en espectáculo. Frente a eso, el proceso de escritura fue también una búsqueda de lenguaje.

“No se puede escribir desde la distancia”, reconoce Romina. La implicación emocional es inevitable, pero también lo es la necesidad de encontrar una forma que respete la complejidad de lo que se narra.

Por eso, el libro se aleja del tono de consigna. No por negarlo, sino porque el desafío parece ser otro: recuperar el peso de la palabra, su textura, su capacidad de conmover sin simplificar.

En ese camino, la poesía aparece como una herramienta singular.

¿Hubo algún poema que te haya atravesado más que otros?

Sí, especialmente aquellos donde aparece la voz de la ausencia. Escribir desde ese lugar implica correrse, escuchar lo que no está pero insiste. También los poemas donde aparece la infancia, porque ahí la memoria se vuelve aún más frágil y más profunda.

En esos poemas sentí con más fuerza esa certeza que sostiene todo el libro: aunque hayan querido imponer el silencio, algo siempre habla.

¿Por qué elegiste la poesía como forma para abordar la memoria en este momento histórico?

Elegí la poesía porque hay dolores que no admiten un lenguaje directo sin empobrecerse. Hay experiencias —como las que atraviesan nuestra memoria reciente— que, si se explican demasiado, pierden su temblor, su humanidad, su verdad más profunda. La poesía me permitió acercarme sin invadir, decir sin clausurar, nombrar sin terminar de cerrar lo que sigue abierto.

Escribí desde la certeza de que la memoria no es un relato ordenado, sino algo fragmentario, a veces apenas un gesto, un silencio, una imagen que vuelve. Y ahí la poesía encuentra su lugar: en lo que falta, en lo que se quiebra, en lo que todavía no puede decirse del todo.

En un tiempo donde todo parece volverse inmediato, repetido, casi automático, la poesía propone otra forma de estar en la palabra: más lenta, más corporal, más íntima. Invita a detenerse, a sentir, a dejar que algo nos atraviese. No busca informar, sino tocar. No busca convencer, sino abrir.

Para mí, también fue una forma de reparación —en un sentido amplio, humano—. No porque la poesía cure, sino porque puede acompañar. Puede hacer lugar. Puede sostener lo que duele sin exigirle que deje de doler.

Elegí la poesía porque necesitaba un lenguaje que no imponga, que no cierre, que no simplifique. Un lenguaje que respire con la memoria, que la abrace en su complejidad. Y, sobre todo, porque creo profundamente que, incluso en medio de la herida, la palabra poética puede seguir siendo un lugar donde encontrarnos.

¿Qué mensaje te gustaría dejarle a quienes se acerquen a este libro en un contexto tan significativo como los 50 años del golpe?

Me gustaría decirles, con mucha honestidad, que no alcanza con recordar si ese recuerdo no se vuelve cuerpo en lo que hacemos todos los días: en cómo miramos, en cómo elegimos, en cómo nos vinculamos con otros. La memoria no puede quedarse en una fecha o en un acto; necesita encarnarse para seguir viva.

Este libro no fue escrito para convencer a nadie. Fue escrito para acompañar. Para que, quien lo abra, no se sienta solo frente a lo que duele, frente a lo que falta, frente a esas preguntas que todavía no tienen respuesta.

Si logra algo, ojalá sea esto: que en medio de la herida —porque la herida sigue— alguien pueda sentir que hay algo que persiste. No una victoria cerrada, no un final reparador, sino una insistencia profunda y humana: la de seguir preguntando, la de seguir nombrando, la de no aceptar nunca más aquello que nos deshumaniza.

Que la memoria no sea solo pasado, sino una forma de estar hoy en el mundo.

Y que, aun herida y frágil, la palabra siga siendo ese lugar donde podemos encontrarnos, reconocernos y sostenernos.