Ronda de bares
Una ciudad vestida de celeste y blanco
Con cada fase superada, la ilusión fue creciendo. Los bocinazos se escuchaban apenas sonaba el silbato final, las banderas flameaban por las ventanillas de los autos y las caravanas recorrían el centro entre bombos, cánticos y abrazos que no distinguían edades. Familias enteras, grupos de amigos y hasta desconocidos celebraban como si se conocieran de toda la vida, unidos por una misma pasión.
Fue otro el ritmo que se vivió en la city, las camisetas albicelestes aparecieron en cada esquina, los bares se llenaron antes de cada partido y la costumbre de reunirse para alentar a la Selección se convirtió en un ritual compartido.
Después del partido de semifinal, todo tomó otra dimensión, encontró a la ciudad completamente teñida de celeste y blanco. Las promesas, los nervios y la ansiedad se mezclaban con la confianza de un equipo que hace soñar a todo un país. Más allá del resultado, el mundial volvió a demostrar que el fútbol tiene una capacidad única para reunir a la gente. Y en Río Cuarto quedó una imagen difícil de olvidar: una ciudad entera festejando, emocionándose y sintiéndose parte de una misma historia.




