Por Lic. Santiago Scoppa

Como Acompañar cuando la mente se Vuelve una trampa

Hablar de suicidio sigue siendo incómodo, pero justamente por eso necesitamos aprender a nombrarlo: porque lo que se nombra se puede prevenir. Para intervenir a tiempo no alcanza con mirar un diagnóstico o una estadística; necesitamos entender qué le pasa a una persona por la cabeza y en las relaciones cuando el dolor se vuelve insoportable. En Argentina, los datos nos interpelan de manera directa: con más de 5.000 fallecimientos al año, alrededor de 14 personas por día, los suicidios superan a las muertes por accidentes de tránsito y homicidios juntos. Detrás de esos números no hay fríos indicadores estadísticos, sino Personas atravesando un sufrimiento en silencio.

Un análisis detenido de esta realidad revela un patrón claro, 8 de cada 10 suicidios consumados corresponden a varones, registrándose un impacto crítico en jóvenes de 15 a 29 años. Esto no significa que el varón sufra más, sino que sobre ellos todavía pesa ese mandato de «bancar todo», de resolver solos y no mostrar fragilidad. Cuando las condiciones de vida se desestabilizan, la mente sobrecargada suele entrar en una «visión de túnel»: el pensamiento se vuelve rígido, pedir ayuda se vive como un fracaso y el aislamiento parece la única opción.

Por su parte, las mujeres registran una tasa significativamente mayor en la ideación e intentos de suicidio. Expuestas a violencias estructurales, desigualdad, sobrecarga de cuidados y un desgaste cotidiano de la salud mental, se enfrentan a un dolor que muchas veces se minimiza o invisibiliza. Que haya un volumen alto de intentos nos habla de una alarma desesperada que exige respuestas inmediatas.

 

 

 

 

El escritor David Foster Wallace explicaba este dolor invisible con una metáfora muy clara: la persona que contempla el suicidio no salta del edificio porque le guste caer, salta porque siente que la estructura está en llamas y el calor se volvió insoportable. No se busca la muerte por sí misma, sino el fin inmediato de un sufrimiento que desbordó los recursos para afrontarlo.

En un momento de crisis aguda, la mente entra en un auténtico cortocircuito:

Pensamiento «todo o nada»: Se pierde la perspectiva de los matices. Aparecen convicciones rígidas como «nada va a cambiar» o «siempre va a doler igual».

Desesperanza aprendida: La sensación de que ya no existen herramientas eficaces para apagar el fuego interior.

Colapso emocional: La intensidad del dolor bloquea por completo la capacidad de razonar con claridad o evaluar alternativas a futuro.

Pero la realidad es que siempre existen redes y escaleras para bajar de ese edificio. Solo que cuando alguien está acorralado por el humo, necesita que un otro desde afuera le tienda la mano para indicarle la salida.

 

¿Qué podemos hacer para acompañar?

Prevenir no requiere que seas un experto en salud mental ni un especialista. Se trata de estar presente y aplicar herramientas simples pero profundas desde lo cotidiano:

Validar sin confirmar la catástrofe: Si alguien cercano te dice «no doy más» o «nada tiene sentido», evitá respuestas como «no digas eso» o «mirá todo lo que tenés». La mente en crisis no procesa la positividad forzada. Es mucho más reparador decir: «Entiendo que la estás pasando pésimo y que hoy no ves salida, pero estoy acá para que busquemos una alternativa juntos».

Armar un «Plan de Seguridad» cotidiano: Consiste en organizar pasos simples para momentos de tormenta:

 

 

 

 

Identificar las señales tempranas o desencadenantes que avisan que la angustia está subiendo.

Hacer una lista de actividades sencillas de bajo impacto para bajar la activación emocional (caminar, escuchar música, ducharse).

Tener a mano el nombre de personas de confianza a las cuales acudir o bien dejar visibles los números de teléfono de emergencia y contención profesional.

Pausar la acción y ganar tiempo: En una crisis, la emoción empuja a actuar de forma impulsiva. Ganar tiempo es la clave de la prevención. Postergar una decisión drástica por un día, por una hora o mientras dura una conversación, puede ser la brecha necesaria para que la intensidad del pico emocional baje.

Activación progresiva: Cuando el sufrimiento paraliza, pedirle a alguien que «retome su vida normal» resulta imposible. Es mejor acompañar en pasos diminutos: salir a tomar aire cinco minutos, comer algo o realizar una tarea mínima. Las pequeñas acciones van modificando de a poco la química cerebral.

Sostener la presencia

No hace falta tener palabras perfectas. Muchas veces, lo que realmente salva es una presencia tranquila y disponible. Decir «no sé bien qué decirte, pero me quedo acá con vos hasta que esto pase» es una de las intervenciones preventivas más potentes que existen. Acompañar es eso: convertirse en la escalera cuando la otra persona solo percibe llamas a su alrededor. Si aprendemos a preguntar sin miedo y a escuchar sin juzgar, no solo rompemos el tabú, sino que estamos tendiendo la mano a tiempo.

Lic. Santiago Scoppa MP 8968

Psicólogo | Co-Fundador y Director de CeReN Rio Cuarto