NOTA DE TAPA
Tradición, tecnología y drones: la transformación silenciosa de una empresa agropecuaria que ya piensa en el campo del futuro

Guillermo Busso ATS

Volvió en el momento más incierto. En plena pandemia, cuando la logística colapsaba y el conurbano se volvía imposible de atravesar, la empresa tuvo que reorganizarse sobre la marcha. Hoy, con más de 230 empleados y múltiples unidades de negocio —acopio, insumos, pool de siembra, participación en Bio4 y una planta agroindustrial en La Laguna— atraviesa uno de los procesos de modernización más profundos de su historia.

Al frente de ese cambio está Guillermo Busso, ingeniero químico egresado de la Universidad Nacional de Río Cuarto y oriundo de Adelia María. Antes de incorporarse plenamente a la empresa familiar desarrolló su carrera en la industria alimenticia, donde durante siete años ocupó puestos directivos en Molino Cañuelas. En 2020, en plena pandemia, decidió regresar a su localidad e integrarse a la organización desde el área de insumos, marcando el comienzo de una nueva etapa para la compañía.

“La empresa ya no es la misma que hace cinco años”, asegura. La transformación no pasó por una sola inversión, sino por una lógica: adaptación permanente. Incorporaron herramientas digitales, automatización administrativa e inteligencia artificial aplicada a la gestión diaria. En un sector atravesado por documentación y operaciones constantes, la clave fue simplificar.

Hoy el cliente puede resolver gran parte de sus trámites desde el teléfono. “Hay muchísimo volumen transaccional. Entonces le damos la herramienta para que con un mensaje tenga todo”, explica.

Cuando la experiencia se encuentra con el cambio

El desafío no fue solamente tecnológico. También fue —y todavía es— cultural. La modernización no implica únicamente incorporar herramientas nuevas, sino modificar hábitos arraigados durante décadas, formas de tomar decisiones y modos de trabajar construidos a partir de la experiencia directa en el campo.

La segunda generación aún participa activamente y no termina de retirarse, pero abrió espacio. Ese equilibrio entre quienes construyeron la empresa y quienes impulsan su actualización genera debates cotidianos: velocidad versus prudencia, intuición versus datos, práctica versus automatización. La convivencia entre experiencia y renovación no siempre es inmediata; hay áreas más permeables y otras donde el cambio requiere tiempo, prueba y validación en la práctica.

En muchos casos la adopción no llega por convencimiento teórico, sino por resultados concretos. Cuando una herramienta simplifica una tarea administrativa, reduce errores o ahorra horas de trabajo, la resistencia inicial empieza a ceder. El proceso no ocurre de manera uniforme ni simultánea, pero avanza por efecto demostración: alguien prueba, funciona, y el resto se suma.

“No todo el mundo está abierto al aprendizaje, pero cuando ven que mejora el trabajo, termina llegando”, resume.

 Agricultura desde el aire

Dentro de esa transformación, la empresa apostó fuerte por una tecnología que empieza a redefinir la lógica productiva: los drones agrícolas.

Los equipos incorporan inteligencia artificial, memorizan lotes, detectan obstáculos y optimizan vuelos. Pueden realizar aplicaciones líquidas, esparcir fertilizantes o semillas y generar mapas aéreos capaces de detectar problemas invisibles para el ojo humano. La información se procesa, se genera una prescripción y otro equipo ejecuta la aplicación.

Actualmente, el modelo de mayor demanda alcanza entre 20 y 22 hectáreas por hora. Aún no compite con la fumigadora tradicional —que puede cubrir hasta 700 hectáreas en una jornada—, pero introduce una variable clave: menor costo operativo y menor impacto.

“Hoy es un complemento de la fumigadora”, aclara Busso. “Pero en cinco o diez años puede convertirse en su competencia”.

El productor frente al nuevo campo

La escena se repite en cada entrega: productores de mayor trayectoria observan con cautela, preguntan, comparan números y tiempos; del otro lado, los más jóvenes quieren despegar cuanto antes y probar en el lote. Para Busso, esa postal sintetiza el momento que atraviesa el agro argentino: tradición y tecnología conviviendo, discutiendo y, finalmente, complementándose.

El campo siempre fue un adaptador temprano de innovación —desde la siembra directa hasta la agricultura de precisión— y esta vez no será la excepción. La diferencia está en la velocidad: los ciclos tecnológicos se acortaron y las decisiones ya no se toman pensando en décadas, sino en campañas. Lo que hoy parece experimental, en pocos años pasa a ser estándar.

Más que reemplazar conocimientos, las nuevas herramientas obligan a reinterpretarlos. El productor deja de basarse únicamente en la experiencia visual para apoyarse en datos, mapas, sensores e información en tiempo real. Cambia la forma de decidir, pero no el objetivo: producir mejor y con mayor eficiencia.

Nadie sabe exactamente cómo será el campo dentro de una década. Pero en esta empresa la decisión está tomada: acompañar el cambio incluso antes de que sea obligatorio, aprender mientras la tecnología evoluciona y prepararse para un sistema productivo donde la información valdrá tanto como la maquinaria.

Porque, más que incorporar tecnología, la apuesta es otra: seguir siendo parte del futuro productivo antes de que llegue.