Por Florencia Compagnucci
Comprar la ausencia
Febrero ya está a mitad de camino y la vuelta a clases, cada vez más cerca. Cada año es una coreografía conocida: vidrieras llenas de mochilas, cuadernos con licencias carísimas y cartucheras que parecen “Transformers”. En redes se compite -sin admitirlo- por quién consiguió lo mejor o lo más “IN” para sus hijos; y en las casas, la palabra que más se repite no es educación, ni aprendizaje, ni calidad… es COMPRAR. Comprar rápido, comprar todo, comprar antes de que falte. Comprar para sentir tranquilidad. Porque desde hace un tiempo la vuelta a clases ya no es solo el inicio de un ciclo escolar: es una prueba de amor y atención medida en cuotas sin interés y tickets de compras.
Se puede apreciar algo de desesperación en ese ritual: padres y madres recorriendo supermercados y librerías como locos, enviando mensajes pidiendo que les reserven tal o cual cosa, encargando en el exterior mochilas intergalácticas y demás como si de eso dependiera el futuro académico de sus hijos. Como si una mochila más grande, una marca más cara o un cuaderno “premium” pudieran garantizar lo que durante el resto del año no siempre se puede sostener: presencia, acompañamiento y tiempo.
La escena se repite con precisión: adultos agotados, quejándonos del precio de los útiles, del abuso de las marcas, del sistema educativo que “cada vez exige más” (aunque los que trabajamos en educación sabemos que no es así, pero bueno, eso es tema para otra nota), mientras cargamos carros llenos de cosas que, muchas veces, ni siquiera fueron pedidas por la escuela; todo sea para que nuestros chicos “no sean menos”, “para que no queden afuera”, para cumplir con ese mandato silencioso e implícito de que una buena educación pasa por la calidad y cantidad de útiles escolares y de que buenos padres somos los que proveemos, aunque no siempre estemos.
Y acá aparece la contradicción más incómoda que nadie quiere mirar de cerca. Durante el año, muchos de esos padres y madres estarán ausentes. No todos, claro, sería ridículo y exagerado afirmarlo así, pero son los suficientes como para que el patrón sea visible. Ausentes en reuniones escolares, ausentes en tareas, deberes y propuestas para realizar en familia, ausentes en las conversaciones sobre lo que pasa en el aula. O presentes solo para criticar: que los docentes no enseñan, que la escuela no contiene, que el sistema está en crisis (bueno, eso sí lo sabemos todos). Todo siempre es culpa de otro; siempre de otro. La educación se vuelve entonces un servicio que se reclama, no un proceso que se acompaña.
Es curioso observar cómo la exigencia se concentra en marzo y se va diluyendo durante el año hasta llegar a noviembre/diciembre cuando vemos que los resultados, los informes y las notas numéricas de nuestros hijos e hijas no son lo que esperábamos. ¿Cómo se puede invertir una fortuna en útiles escolares, pero no encontrar veinte minutos para preguntar cómo estuvo el día? ¿Cómo se discute el nivel educativo desde la comodidad del reclamo, pero no desde la incomodidad del compromiso?
La vuelta a clases expone una fantasía muy arraigada desde hace años: la idea de que con “lo mejor” alcanza. Que, si los chicos tienen todo nuevo, todo caro, todo impecable, el resto se acomoda solo. Pero la escuela no funciona así, y nuestros chicos, tampoco. Ningún cuaderno de Frozen, Spiderman, Labubu o lo que sea, reemplazan una escucha, ninguna cartuchera compensa la falta de límites. Ninguna marca tapa el vacío de un adulto que delega todo en cosas materiales y luego se indigna con los resultados
Tal vez la verdadera pregunta no sea cuánto gastamos en la vuelta a clases, sino qué estamos dispuestos a dar después: después cuando pasa la emoción del primer día y llenamos el celular de fotos; después cuando la mochila deja de oler a nueva y los lápices se van gastando, cuando aparecen las dificultades reales: el aburrimiento, la frustración, el esfuerzo que implica ser estudiante (no importa el nivel al que asistan). Ahí ya no hay promociones ni cuotas. Ahí solo nos queda estar. Y eso, curiosamente, no se consigue en ninguna góndola.
