Por Emilia Cotella
El destino de Eleven y el cierre de una era: así terminó Stranger Things
(¡Alerta de spoilers!)
El cierre de 2025 también marcó el final de una etapa para la televisión: en un año atravesado por la ciencia ficción, con nuevas temporadas de series como Fallout y The Last of Us, Stranger Things emitió su episodio final y se despidió de toda una generación de espectadores, poniendo punto final a una de las historias más influyentes de la televisión reciente.
La primera temporada de Stranger Things se estrenó en 2016 y presentó un mundo tan misterioso como hogareño: el pueblo ficticio de Hawkins, Indiana, donde un grupo de niños aficionados a Dungeons & Dragons se ve envuelto en sucesos sobrenaturales tras la desaparición de su amigo Will Byers. A este misterio se suma la aparición de una niña con poderes psíquicos, conocida como Eleven (u Once), que rápidamente se convierte en el corazón emocional de la historia.
Desde ese punto, la serie fue creciendo en escala, retos y ambición, pero siempre mantuvo a Eleven como eje central del conflicto. No solo por ser la más directamente conectada con el “Upside Down”, sino porque su historia personal, marcada por el encierro, la experimentación y la búsqueda de identidad, funcionó como motor dramático de gran parte de la narrativa.
Para el momento de filmar la quinta temporada, los desafíos eran considerables. En la historia, habían pasado aproximadamente cuatro años: los chicos ya no tenían 11 o 12, sino 16 o 17. Sin embargo, en la vida real, el rodaje de la serie se extendió por casi una década. Esto obligó a un gran trabajo de producción para sostener la continuidad visual, además de una expectativa muy alta por parte del público, que esperaba un cierre emocionalmente satisfactorio y poderoso.
En ese contexto, el destino de Eleven se convirtió en el punto más polémico y arriesgado del final: su sacrificio en el Upside Down no solo sella el portal y salva a sus amigos, sino que también impide que nuevas víctimas sean sometidas a los mismos abusos que ella padeció. Para algunos fans, su desenlace representa una conclusión coherente con su recorrido: una joven que deja de ser solo un arma y logra, finalmente, elegir su propio camino. Para otros, el final peca de ambiguo y excesivamente simbólico, dando la impresión de que el sacrificio del personaje no se traduce en consecuencias narrativas concretas, y forzando una despedida que muchos seguidores no querían aceptar.
Aun así, el final deja en claro que la victoria tiene un precio y que el destino de Eleven está construido como una verdadera tragedia: se sacrifica para cerrar definitivamente la amenaza, aun cuando eso implica renunciar a la vida que siempre deseó.
En la escena final, Mike llega incluso a proponernos un futuro alternativo para ella: una vida lejos de Hawkins, de los laboratorios y de las batallas, que la serie nunca confirma, pero que queda instalada en la mente de la audiencia como una forma de reconciliación emocional y narrativa.
Lo cierto es que Eleven nunca fue un personaje convencional. Desde su primera aparición, funcionó más como una figura trágica que como una heroína clásica: alguien empujada a salvar a otros incluso cuando eso significaba perder partes de sí misma. En ese sentido, su final no busca tanto resolver todos los conflictos como cerrar un ciclo de crecimiento personal, alejándola del rol de experimento y acercándola, finalmente, a la posibilidad de ser dueña de su propia vida.
La despedida de Stranger Things no significa únicamente el fin de una gran serie, sino el cierre de una etapa televisiva atravesada por la nostalgia ochentosa, los grupos juveniles y el cruce entre aventura y terror. Y aunque el debate sobre su último episodio continuará, es difícil negar que Eleven quedará como uno de los personajes más emblemáticos de la ciencia ficción televisiva de la última década.


