Por Alberto Sánchez

Frases Prohibidas

Mis padres me sometían a presiones. A todos mis amigos les sucedía lo mismo. Tanto en la niñez como en la adolescencia. Se trataba de comparaciones odiosas con los chicos diez, es decir, tenían que ver con el rendimiento escolar, comportamientos, pautas culturales, esfuerzo, actividad social y otras yerbas.

Crecimos, tuvimos hijos y unos cuantos repitieron (o repetimos) la historia. De memoria frágil o por admitir a regañadientes que aquellas imposiciones y advertencias no habían sido desatinadas, todo lo contrario.

Después nos convirtieron en abuelos. Ellos, los hijos ahora padres, que son inflexibles o permisivos a ultranza con la cría. Depende la huella que les dejamos. ¿La historia vuelve a repetirse?

Pero existe una zona liberada, donde impera el viva la pepa, porque en la tercera edad se nos ocurre, nada menos, descompaginar el orden familiar.

En medio de ese torbellino plagado de pases de facturas por parte de ellos –nuestros hijos ahora padres- llegó a mi poder un trabajo que vale la pena reproducir fielmente. Su autor es Mario Alonso Puig, médico madrileño, quien advierte que hay frases prohibidas que los padres jamás deben decirles a sus hijos de 20, 30 y 40 años.

Arranca parafraseando al emperador romano Marco Aurelio: “La sabiduría no está en decir todo lo que sabes, sino en saber cuándo guardar silencio”. 

Alonso Puig, cirujano general y del aparato digestivo, de 71 años, ejerció durante más de dos décadas en hospitales de Estados Unidos y de España. A partir de 2002 fue dejando poco a poco el ejercicio de la medicina para consagrarse a la investigación y la docencia en la temática del desarrollo personal y profesional.

Desde entonces, revela Infobae, trabaja con importantes empresas del mundo como conferencista, docente y coach. Su labor se centra en el liderazgo, los equipos, la gestión del cambio y salud y bienestar, entre otras áreas.

Sus exposiciones y consejos están enmarcados en la filosofía estoica y acompañados de citas de los pensadores de esa escuela: Séneca, Epicteto y Marco Aurelio.

Y enumera 8 frases prohibidas, que “aun siendo ciertas, nunca deberías decir frente a tus hijos adultos”. No necesariamente porque sean falsas, pueden no serlo en muchos casos, “sino porque la auténtica sabiduría estoica nos recuerda que hay momentos en los que el silencio tiene más fuerza que las palabras”.

“Te lo dije…”

”Esta reflexión duele y daña. “La primera frase que no se debe decir nunca a un hijo adulto frente a un yerro o fracaso, es el famoso “te lo dije”, o sus variantes (“mirá que te avisé”; “yo ya te lo había advertido”, etc).

“Los estoicos, afirma, entienden sobre la naturaleza humana. La experiencia es el único maestro que realmente educa el alma. Cuando tu hijo adulto viene con una relación rota, un negocio fallido o una decisión financiera desastrosa, lo último que necesita es que le recuerdes tu sabiduría previa” En esa circunstancia, recalca, “el hijo ya está aprendiendo la lección que sus padres querían enseñarle hace meses o años”.

(Cada persona recorrerá su propio camino y es muy difícil, por no decir imposible, transmitir la experiencia porque ésta surge de la vivencia).

El que pronuncia esa frase, agrega, “en realidad está más preocupado por demostrar que tiene razón que por ayudarlo a levantarse de su caída. Lo último que necesita un hijo que padece las consecuencias de una mala decisión es que sus padres le recuerden su sabiduría previa”.

Señala que si el hijo, tras equivocarse vuelve a apelar a los padres por ayuda, les “está demostrando una confianza extraordinaria” y “reconociendo implícitamente su sabiduría y su amor”. Entonces, “¿por qué destruir ese momento sagrado con un te lo dije?” “Todos hemos estado ahí, ¿en qué puedo apoyarte ahora?”, sugiere.

“En mis tiempos…”

La segunda frase vedada también es clásica: “En mis tiempos esto no pasaba”. Al citarla, se invalida la experiencia presente del hijo. “Estás diciéndole que su realidad no es válida, que sus desafíos no son reales, que su contexto no importa”. Y recuerda que para los estoicos, cada generación enfrenta los desafíos de su tiempo con las herramientas de su tiempo. Irónicamente, puntualiza: es un error que se comete a pesar de haber sido víctimas de él, porque seguramente los padres de esos padres también les dijeron en su momento: “En mis tiempos….”

Recuerda el concepto del filósofo estoico Séneca: memento vivererecuerda vivir. Es decir, “la vida sucede ahora, no en el pasado”.

“Tu hijo enfrenta crisis económicas que tú no conociste. Vive en un mundo donde la privacidad prácticamente no existe, las redes sociales han redefinido las relaciones humanas y el mercado laboral cambia cada cinco años. Sus desafíos son tan reales y válidos como lo fueron los tuyos en su momento”, advierte.

Y aconseja: “En lugar de aferrarte a tu época como el estándar dorado, podrías preguntarte: ‘¿Qué puedo aprender del mundo de mi hijo? ¿Qué sabiduría nueva está emergiendo de sus desafíos únicos?’”

 “Mirá tu hermano…”

A esta frase no duda en calificarla como “devastadora”: la comparación de un hijo con su hermano o con los hijos de otros. “Es quizás una de las heridas más profundas que podemos infligir, sembrando resentimiento en vez de autodescubrimiento, porque cada persona tiene su singularidad y debe hallar su propio camino.”

“Cuando le dices ‘si fueras como tu hermano…’, lo que tu hijo realmente escucha es: ‘No eres suficiente como eres’, y esa herida puede durar décadas enteras. La virtud estoica no se mide comparándose con otros, sino desarrollando el propio carácter”.

Otro efecto destructivo de esta frase es que puede generar rivalidad fraternal ya que las comparaciones pueden estar “envenenando la relación entre hermanos, que debería ser una de las más puras y duraderas de sus vidas”.

También deja una enseñanza negativa: “Estás enseñando a tus hijos que el amor parental es condicional y se distribuye según el rendimiento comparativo”.

Y añade: “se debe practicar lo que llamaban simpatía, la comprensión de que todos estamos interconectados, pero cada uno cumple un papel único en el gran teatro de la vida. En palabras de Séneca, “cada alma tiene su propia música. No trates de que toque la sinfonía de otra”.

“Yo a tu edad….”

La cuarta “verdad” es: “Yo a tu edad ya tenía casa propia, estaba casado, con hijos, trabajo estable…” O cualquier imposición de cronograma vital basado en expectativas externas. Es, alerta, “un veneno lento que destruye la autoestima, confianza y revela una incomprensión fundamental del orden natural de las cosas, porque cada persona tiene su propio ritmo de crecimiento y forzarlo es como intentar que una semilla crezca tirando de ella hacia arriba”.

Para Alonso Puig, los hijos no “navegan el mismo océano que navegaron sus padres; se enfrentan a otras oportunidades y desafíos, en el contexto de un mundo inestable y cambiante. Tal vez, cree, esa diferente cronología lo prepare para relaciones más maduras o una carrera inesperada donde no hay años perdidos sino preparación para futuras realizaciones”.

“Para esto me sacrifiqué…”

En este punto es tajante: “Nunca debes verbalizar ningún recordatorio constante de tus sacrificios pasados como arma emocional”.

Por más reales que hayan sido esos sacrificios, esfuerzos y placeres postergados, “jamás deben ser usados como una carga emocional para tus hijos adultos, porque eso implica que estás convirtiendo el amor en una deuda”. Y evoca la frase de Séneca: “El verdadero regalo no espera nada a cambio, ni siquiera reconocimiento”.

“Estás transformando los momentos más puros de tu maternidad o paternidad en instrumentos de manipulación. Cuando das esperando algo específico a cambio, no estás dando, estás invirtiendo. Y cuando esa inversión no produce el retorno que esperas, te sientes estafado. El mensaje que encierran estos reproches, manifiesta, es que los hijos fueron una carga, no bendición ni regalo”.

Para Alonso Puig, no significa olvidar la propia historia, pero hay otra forma de decirlo: “Trabajé muy duro para darte oportunidades y me siento orgulloso de lo que logramos juntos. Tus hijos adultos saben lo que hiciste por ellos y lo aprecian más de lo que crees, pero necesitan que ese amor siga siendo libre, no condicionado”.

“Esa persona no te conviene”

Según Alonso Puig, los padres deben mantener en silencio su opinión sobre las relaciones románticas de su hijo e indica que hay dos tipos de aprendizaje: el que viene de los consejos de otros y el de la experiencia directa, más transformador.

“Cuando le dices que su pareja no le conviene, estás asumiendo que conoces mejor que él lo que necesita para su crecimiento personal y creas una situación terrible en la que tu hijo debe elegir entre su pareja y tu aprobación”.

“Así se interfiere, enfatiza, una de las escuelas más importantes de la vida, las relaciones íntimas, pues en ellas aprendemos lecciones profundas sobre nosotros mismos, el amor, nuestros límites personales y el significado del compromiso”.

Aclara que esto no significa que se deba aprobar relaciones abusivas o peligrosas. “Si hay violencia o adicciones serias involucradas, por supuesto que debes actuar. Pero que no les guste la personalidad de la pareja del hijo no es motivo para ponerlo en palabras. Lo mejor es el silencio”.

Dudo de tu capacidad

“Es una de las cosas más antiestoicas que se puede decir, porque contradice uno de los principios fundamentales: la capacidad infinita del ser humano para crecer y transformarse”. Y evoca a Séneca: “Cada día puede ser el primer día de una vida completamente nueva”.

“Los seres humanos, entiende, tenemos tendencia psicológica a cumplir las expectativas que otros tienen de nosotros; si las personas más importantes en nuestra vida creen que somos incapaces de cambio, comenzamos a creerlo nosotros mismos.”

Sostiene que el cerebro humano “mantiene la capacidad de cambiar y crear nuevas conexiones durante toda la vida. Por lo tanto, declarar que alguien nunca va a cambiar, implica negar una realidad biológica fundamental”.

Por eso, recomienda decir algo como: “Sé que el cambio es difícil, pero tengo fe en tu capacidad”, y “te amo independientemente de donde estés en tu proceso”.

 “No te hace falta ayuda profesional…”

Aquí llama la atención sobre la minimización de los problemas de salud mental de un hijo: “Esta es quizás la más peligrosa de todas las verdades, porque puede literalmente salvar o destruir vidas”.

Alonso Puig destaca que “vivimos en una época en la cual finalmente estamos entendiendo que la mente, como el cuerpo, puede enfermarse y necesitar tratamiento profesional”.

Esto es relativamente nuevo para muchos integrantes de la generación silver, criada en tiempos en que los problemas mentales eran tabú o vistos como signos de “debilidad de carácter”. Ir al psicólogo era “sinónimo de estar loco, siendo que la verdadera fortaleza, dice, a veces consiste en reconocer que necesitas ayuda”.

Pero con aquella postura, se les está enseñando a los hijos que “pedir ayuda es cobardía y que los problemas mentales son simplemente una cuestión de actitud”.

“Cuando tu hijo adulto te dice que está considerando terapia o que está luchando con ansiedad, depresión o cualquier otro desafío mental y tú respondes ‘solo tienes que ser más fuerte’, le estás diciendo que sus problemas no son reales o válidos, que son solo invenciones de una mente débil”, recalca Alonso Puig.

También es una reacción que puede venir del temor a que “el terapeuta descubra nuestros errores como padres, que nuestros hijos hablen de nosotros, que se cuestionen las decisiones que tomamos durante su crianza”.

La terapia no tiene como finalidad encontrar culpables, sino soluciones. Un buen terapeuta no está interesado en demonizar a los padres sino en ayudar a la persona a entender sus patrones, sanar sus heridas y desarrollar herramientas para una vida más plena”, asegura.

Conclusiones

Finalmente, indica la importante diferencia entre ser padre de un niño o de un adulto. “Cuando nuestros hijos eran pequeños, nuestro trabajo era protegerlos del mundo hasta que fueran capaces de navegar solos. De grandes, nuestro trabajo es confiar en que esas herramientas están ahí, incluso cuando no podemos verlas claramente”.

“No se trata de desentenderse por completo -cierra el pensamiento- sino de medir en qué momento las palabras sanan y cuándo lastiman. Es la valentía de permitir que nuestros hijos cometan sus propios errores, sabiendo que algunos dolores son necesarios para el crecimiento”.