Por Profesor Juan Carlos Díaz

LA BARRACA: EL PUB QUE CAMBIÓ LAS NOCHES DE RÍO CUARTO

Llegó el boliche que la gente esperaba

Hay lugares que trascienden su condición de comercio para convertirse en parte de la identidad de una ciudad. La Barraca fue uno de ellos. Durante los años noventa dejó de ser simplemente un pub para transformarse en un punto de encuentro obligado de una generación que buscaba buena música, gastronomía, amigos, noches interminables y shows nacionales.

Ubicada en Constitución y Colón, La Barraca irrumpió con una propuesta novedosa para la época. Su ambientación cálida, la posibilidad de cenar y, minutos después, disfrutar de espectáculos en vivo o bailar hasta la madrugada marcaron una diferencia en la oferta nocturna de Río Cuarto.

Diseño e innovación

Su inauguración fue el 7 de noviembre de 1991. Sus propietarios eran Héctor Ficco, Pedro Parodi y Jorge Spadoni. La construcción y remodelación del local que se convirtió en un ícono de la noche riocuartense comenzó el 7 de julio de ese mismo año. Sus arquitectos fueron profesionales de la ciudad de Rosario: Jorje Vilapriño y Enrique S’Antangelo, expertos en diseñar negocios vinculados con la noche. Estos arquitectos también modelaron y diseñaron Roca Rosa, Juanito Moon y La Antonia.

La presentación oficial de La Barraca se realizó tres días antes del aniversario de la ciudad. La idea de sus propietarios era inaugurar antes de los festejos del aniversario de Río Cuarto para que la celebración no opacara la fiesta de inauguración. Recuerda Jorge Spadoni: «La obra no estaba terminada, pero igual decidimos hacer la fiesta de presentación del boliche». También comentó que la aglomeración de gente e invitados que intentaban entrar a la fiesta fue sorprendente: «Desde el día que se abrió hasta el día del festejo de la ciudad no pudimos cerrar más. La gente no paraba de entrar. El problema de esos tres días fue la limpieza», comentó Jorge.

Noche y música en vivo

Por su escenario pasaron bandas locales y nacionales, convirtiéndose en una plataforma para músicos que encontraban allí un público dispuesto a acompañarlos. Uno de esos momentos quedó registrado el 29 de julio de 1992, cuando la banda porteña Pelvis se presentó en La Barraca, en una noche cargada de rockabilly y mucha adrenalina.

Mucho glamour y excelentes shows pasaron por el pub: Julia Zenko, Raúl Porchetto y el trascendental Lito Mestre, entre otros. Muchos recuerdan también el show de Eddie Sierra, un baladista pop que hizo vibrar a todos los presentes en aquella noche inolvidable.

Cada evento o presentación de músicos nacionales era increíble. La gente empujaba para poder entrar al boliche, recuerdan los memoriosos de la época. Vox Dei, la banda mística del rock, se presentó en una noche de primavera, en septiembre de 1994. Durante el día era imposible conseguir una mesa para tomar un café o una merienda.

En marzo de 1992, a pocos meses de su inauguración, se presentó una banda cordobesa, Los Navarros, interpretando temas de Virus, Charly García y Calamaro. Recuerdan los participantes de aquella noche que ni el diluvio que azotó la ciudad frenó a la gente. Era un pub que concentraba la atención de todas las localidades cercanas.

La noche bajo cero

La innovación y la creatividad siempre estuvieron presentes en La Barraca. Las nuevas ideas llevaron a modificar la noche de Río Cuarto. A partir del DJ Alejandro Pont Lezica, un emblemático referente de la música que comenzó en 1971 en el boliche Mau Mau de la Capital Federal, se puso en marcha una noche especial.

Recuerda Jorge Spadoni que este creativo musical, oriundo de Huanchilla, se comunicó para venir una noche a La Barraca. Con la participación de la gente de marketing del pub, Gustavo Valenzuela y Marcelo Babini, propusieron «La Noche Bajo Cero», con un premio especial: un viaje a Las Leñas, propiciado por Garro Travells.

«La particularidad de esa noche coincidió con la noche de la tuerca y el tornillo. Los ganadores deberían ser una mujer y un hombre. Había dos tornillos que coincidían con la tuerca; todo el mundo probó coincidir con la tuerca y el tornillo. Al final de la noche aparecieron dos jóvenes que no se conocían y que hicieron el viaje a Las Leñas. Finalmente, esta historia terminó de forma feliz: esos dos jóvenes hoy son pareja, se casaron y conformaron una excelente familia», recuerda Jorge Spadoni.

Amistades que se construían

Pero el verdadero patrimonio de La Barraca fueron sus historias cotidianas, que se construían cada día. Cada mesa guardó una anécdota, cada café una relación, cada copa la mirada de jóvenes y mujeres que siempre recordarán. En cada uno de los recitales quedaba un recuerdo.

Cada fin de semana reunía a estudiantes, profesionales, artistas, empresarios y amigos que encontraban en ese espacio mucho más que un lugar para salir. Era un ámbito de encuentro, de conversación y de pertenencia.

Se bailaba de miércoles a domingo. Nunca paraba la fiesta. Este estilo surgió espontáneamente, impulsado por la misma gente. Nunca sus propietarios idearon un boliche con estas características. Fue una simbiosis entre el estilo del boliche, su estructura novedosa y la impronta de la propia gente.

La barra era la identidad del lugar

En una ciudad que comenzaba a ampliar su vida nocturna, La Barraca ayudó a imponer un nuevo estilo. Fue protagonista de una época en la que los pubs dejaron de ser solamente bares para convertirse en espacios culturales y de diversión, donde convivían la música, los tragos, la gastronomía y un trasnoche interminable.

El diseño era novedoso y permitía la comunicación entre los asistentes. El signo distintivo del boliche era una barra que tenía forma de herradura. Estaba ubicada casi en la entrada y tenía un largo de más de doce metros. Era el punto de encuentro del local.

Estuvo especialmente pensada para ser un punto de apoyo de las personas que venían solas. Centralmente, era el lugar predilecto de los hombres, que posaban con un vaso de whisky en la mano. Desde allí se observaba y se estaba atento a todo lo que ocurría en el boliche.

La intención de los arquitectos y mentores fue que la barra fuera el encuentro ideal entre el hombre y la mujer, y que la gente estuviera frente a frente para facilitar la comunicación y las relaciones. La forma de herradura permitía que las personas estuvieran frente a frente. Esto estimulaba el diálogo y la comunicación.

Los mejores mozos de la ciudad

El personal de atención era distinguidísimo. Los propietarios contrataron a los mejores mozos de la gastronomía de la ciudad. ¿Quién no recuerda a Huguito Alfonso, siempre con una sonrisa en su boca, o al Cacho Canelli, cuya amabilidad era su mejor característica? Alfonso siempre tenía un chiste o una chanza. Carlos Guiñazú siempre hablaba de fútbol. Todo contribuía a crear un clima ameno y cordial.

Los hermanos González sabían de antemano qué consumía cada cliente. Cuando el visitante entraba, prácticamente ya tenía su café servido en la mesa.

Champán dos por uno

Todavía hoy permanece en la memoria colectiva de miles de riocuartenses que la noche de Río Cuarto comenzó con La Barraca. Porque los lugares emblemáticos no se recuerdan solamente por sus paredes, sus tragos o su mobiliario, sino por las emociones y los sentimientos que despertaban.

La Barraca marcó una época increíble para muchos de quienes la vivieron. Sin dudas, fue uno de esos sitios que hicieron historia. El «Torta» siempre te decía lo que vos querías escuchar. Todavía se lo ve, con su traje de mozo, en emprendimientos modernos. Y Lupin Arballo, ágil y cordial, atendiendo.

Todos eran muy buenos en la atención. Ellos recuerdan que sus ingresos eran muy buenos, además de las comisiones por venta. Recuerda Jorge Spadoni que «dos mozos de la mañana vendían 600 a 700 cafés» y que «una barra de la noche tenía una recaudación de casi 20.000 dólares».

«Un día apareció la gerente de marketing de Chandon para verificar por qué se vendía tanto champán por mes. Comprábamos 100 cajas por mes. Hacíamos dos por uno. Era el boliche que más vendía en el país. Eso hoy en día es imposible. La plata era otra, el país era otro».

Profesor  Juan Carlos Díaz