Por Alberto Sánchez
Los Martires del Imperio
¿Cuántas veces transitamos la calle Mártires Riocuartenses y nos preguntamos de dónde proviene la denominación? Decimos que ya lo vamos a averiguar, pero el trajín diario siempre termina cubriéndonos con su manto de olvidos. Generalmente lo emparentamos con un hecho vinculado a un culto religioso o algo por el estilo, pero no imaginamos que detrás hay una asombrosa historia de alcance nacional.
Ese interés por rastrear en la historia lugareña lo ocurrido con esa gente me llena de interrogantes. Los mismos que se ha hecho el historiador Eduardo Tyrrel y también el ex colega de diario Puntal, Luis Schlossberg, quien tiempo atrás escribió al respecto, texto que me ayudó a descifrar este intríngulis.
De los tiempos en que a Río Cuarto lo habitaban escasas familias y la Villa de la Concepción era de las zonas más representativas de la frontera, tuvieron su participación recordados nombres de la guerra entre unitarios y federales. Personajes queridos por algunos y repudiados por otros como Facundo Quiroga y Juan Manuel de Rosas por un bando, José María Paz, Juan Pascual Pringles o Juan Gualberto Echeverría por el otro.
Así las cosas, en 1830 todo estaba en manos de los «salvajes unitarios», hasta que se produjo la llegada del «Tigre de los llanos» en una cruzada por ganar territorio. La Villa fue sitiada durante tres días y terminó con una invasión y captura de todos los hombres. Los prisioneros protagonizaron un largo viaje hasta San Luis, en cuyo transcurso Quiroga dispuso fusilar once riocuartenses. Pero antes hubo otros hechos.
Tras los enfrentamientos en la localidad de Oncativo, entre “el manco” Paz y Quiroga, el general unitario le encomendó a Echeverría la persecución del caudillo federal. Sin embargo, le perdió el rastro y se asentó en Río Cuarto, quedando a cargo de la Frontera Sur, con el regimiento de Lanceros del Sud, las compañías de Cazadores Veteranos y las milicias fronterizas.
Por entonces, en la provincia había sólo cuatro fuertes. Próximos a la Villa de La Concepción se asentaban los de La Carlota, Reducción y Santa Catalina y al este, el de San Fernando. Echeverría tenía buen contacto con Córdoba, Buenos Aires y Cuyo a través del camino de las postas.
Río Cuarto contaba con pocos habitantes: la guerra civil había provocado que poco más de un millar residiese aquí. Aproximadamente 30 manzanas conformaban la villa, con una fuerte presencia militar.
Luego del Pacto Federal de 1831 se le encargó a Quiroga que recuperase el terreno cuyano que se había perdido en reiteradas batallas con las fuerzas unitarias. Así fue que partió desde Pergamino el 13 de febrero del ’31, y por el camino de las pampas llegó a río Cuarto a fines de mes. Estaba en un muy mal estado de salud, por lo que viajó gran parte del recorrido en una carretilla.
Ante el avance de los federales, Echeverría ordenó evacuar todos los fuertes desde La Carlota para acá y concentrar las tropas en la Villa. En su ensayo «El sitio y combate de Río Cuarto», el historiador Carlos Mayol Laferrere dice que Echeverría imaginaba que, enterado de esta maniobra militar, Quiroga pasaría de largo. Con Paz, suponían que el riojano no se arriesgaría a hacerles frente habida cuenta del poderío armamentístico de los unitarios. Se equivocaron.
Mientras Quiroga se acercaba, desde San Luis arribaba el coronel Pringles, quien se dirigía hacia Córdoba. Al enterarse de la difícil situación en la que se hallaba Echeverría, le ofreció ayuda y se quedó a esperar con sus tropas la llegada del temible «Tigre de los Llanos».
Los primeros encontronazos tuvieron lugar en San Bernardo, donde acampaban los hombres de Quiroga y donde atacó Echeverría sin éxito. El riojano, que en realidad buscaba llegar lo más rápido posible a San Luis, pensó en tomar Río Cuarto, decisión que adquirió más fuerza cuando supo que el camino a Córdoba había sido ocupado por fuerzas federales y así Echeverría quedaba aislado e incomunicado.
El 5 de marzo de 1831 llegaron los federales, topándose con el ejército de Echeverría formado para la batalla en las afueras de la villa. Fueron tres días de combates con desenlace desfavorable para los unitarios.
Además, Quiroga se anotició que los hombres de Echeverría se estaban quedando sin municiones. Durante los días 5 y 6 prosigueron los enfrentamientos. El comandante unitario se atrincheró en las últimas casas de la Villa que daban al campo de batalla, pero ya no pudo resistir.
Tras evaluar su desfavorecida posición Echeverría huyó con sus soldados, haciendo lo mismo Pringles y los suyos. La intención era que los siguiera el ejército de Quiroga y así liberar el poblado. Pero las guerrillas del caudillo federal nuevamente triunfaron y el 7 de marzo por la mañana, ingresaron a Río Cuarto, tomaron la plaza e hicieron rendir a los defensores. A cargo había quedado Mariano Argüello, quien debió soportar el último ataque que cobró la vida de unos cuantos hombres.
Se tomó prisioneros a 413 riocuartenses. Considerando que había sólo mil habitantes, significaba apresar prácticamente a toda la población masculina. Y como era habitual, el ejército victorioso saqueó la localidad con una voracidad increíble.
Entre quienes se llevó consigo el ejército federal hubo 23 oficiales, 18 sargentos, 18 cabos, 350 soldados y 4 indios ranqueles (se unían en ocasiones), junto a varios civiles. Quiroga los llevó prisioneros a San Luis, caminando 20 kilómetros por día por un terreno muy hostil y en condiciones precarias. Algunos atados entre sí, otros engrillados para evitar su fuga.
Cuando arribaron a territorio puntano un número no precisado fue liberado; el resto prosiguió la marcha hacia Mendoza con la promesa de serlo cuando llegasen. La travesía fue menos terrible pues se los trasladó en carretas o caballos.
El 28 de marzo hicieron pie allí tras que las fuerzas de Quiroga vencieran al unitario Videla Castillo en el Rodeo de Chacón y tomaran de esta manera el poder en todo Cuyo. Tal lo prometido, se liberó a casi todos los prisioneros, salvo oficiales y civiles con una declarada participación en las bandas unitarias.
FINALES TRÁGICOS
Mientras el “Tigre de los Llanos” permanecía en territorio mendocino, un impensado hecho provocó el final trágico de los riocuartenses: mientras un grupo de unitarios abandonaba el país con destino a Chile, otro de federales regresaba por el mismo camino. Se toparon en la cordillera, con un sangriento desenlace para las tropas de Quiroga.
Como represalia, y tomando al ataque como una ofensa, mandó a fusilar a todos los prisioneros, que por ese momento sumaban 26, entre riocuartenses y otros que había tomado en su campaña.
Las once víctimas riocuartenses fueron Mariano Argüello, Juan de Dios López, Gaspar Torres, Manuel Ortiz, Ramón Ortiz, Miguel Ordóñez, Eugenio Abaca, Juan de Dios Abaca, Manuel Abaca, Manuel Gigena y Pascual Chavarría.
Mientras tanto, luego de abandonar Río Cuarto, Echeverría se separó de Pringles y se dirigió a las sierras, a Piedra Blanca. Pensaba reorganizar su regimiento, esperar a aquellos que habían quedado separados y volver al ataque.
Intentó irse contra las estancias sobre el río Tercero, que los federales utilizaban como asentamiento en muchas oportunidades y donde conseguían recursos. Atacó, en el paso de Ferreira, lugar estratégico entre Buenos Aires y Córdoba, pero pronto emprendió la retirada.
Volvió a pelear una y otra vez, con buenos resultados en un comienzo, pero ante el poder de su adversario retornó a Río Cuarto con el propósito de cortarle las comunicaciones entre Cuyo y Santa Fe.
Pero los federales se acercaban nuevamente a la Villa y Echeverría decidió escapar. Se dirigió a La Carlota para despedirse de su familia y luego exiliarse en Uruguay. No había recorrido mucho terreno cuando fue alcanzado por los federales, quienes lo fusilaron por la espalda el 28 de junio de 1831.
Tras que Manuel Dorrego fue derrocado por ex combatientes de la guerra con Brasil, liderados por Juan Lavalle, se dio inicio a un nuevo período de conflictos. En Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas se hizo cargo de la gobernación y en el interior, más precisamente en Córdoba, José María Paz derrocó a Juan Bautista Bustos y se quedó con el poder en la provincia.
Se formó la liga unitaria que se oponía a las ideas que se manejaban en el territorio de Rosas, lo que desembocó en el ya citado Pacto Federal de 1831. Este convenio celebrado entre Buenos Aires, Corrientes y Santa Fe, contemplaba una defensa entre sí ante cualquiera que los agrediese, además de establecer un ordenamiento del país bajo valores federales
Este pacto, opuesto a la liga unitaria de Paz, no acordó ninguna política económica. Algunos de los representantes de las tres provincias hablaban de un plan que protegiera a las industrias locales de las importaciones extranjeras, en especial las británicas, a través de tarifas de aduana altas. No obstante, la propuesta no tuvo aceptación.
Un año antes del combate en la Villa de la Concepción entre las fuerzas de Quiroga y la resistencia de los atrincherados Echeverría y Pringles, en Oncativo se midieron Paz y el «Tigre de los Llanos». En los campos de Laguna Larga se repitió la historia que había acontecido en febrero de 1829, cuando Paz había derrotado a Quiroga en La Tablada. En esa oportunidad, el caudillo federal había actuado a pedido del ex gobernador de Córdoba, Bustos, pero no había obtenido los resultados pretendidos. Quiroga buscó amparo en Rosas, quien le entregó un ejército de reos para luchar en el interior del país.
Como colofón, Schlossberg cita el terrible final de Pringles: luego que llegara a la Villa de la Concepción, como paso en otro viaje, y se viera atrapado en un combate del que no era parte, se dio a la fuga hacia su provincia, San Luis. El coronel fue alcanzado por las fuerzas federales. No contaba con caballo y, tras intentar sin éxito su huida en las ancas de un oficial que estaba con él, cayó en manos del enemigo. Se negó a entregar su arma y un soldado disparó en su pecho, causándole la muerte.
Como puede inferirse, por estos parajes siempre hubo sangrientas batallas. Nuestros lugareños de entonces vivieron con el corazón en la boca y cada familia sufrió la pérdida de seres queridos. Nadie se salvó del horror.
No dispongo de estadísticas que me sitúen en un escenario poblacional que lleve a afirmar correctamente si en un determinado tanto por ciento somos hijos de inmigrantes, criollos, indios o un poco de todo.
Sí recuerdo que José Luis de Imaz se doctoró en Sociología con su tesis Radiografía de una ciudad pampeana, inspirada en Río Cuarto, donde enfatiza que nos fundaron feroces soldados que peleaban en el desierto y las chicas alegres que llegaban para hacerles un poco más placenteros sus días en los fortines. Una historia plagada de dolor y sufrimiento que nos ha igualado socialmente, generación tras generación, mal que le pese a quien dice o cree tener otro pedigree.
