Por Emilia Cotella

Más allá del colegio: por qué el regreso de Euphoria es una revolución incómoda y súper oscura

El regreso de Euphoria llegó pateando el tablero de la serie que conocíamos, principalmente porque dejó atrás por completo la dinámica de “secundario”. Ya no vemos a los personajes en los pasillos de la escuela ni en las típicas fiestas adolescentes; ahora la historia dio un salto temporal de cinco años. Los personajes que seguimos son adultos viviendo problemas complejos, reales y bastante pesados.

Para mantener en secreto este cambio tan radical y cuidar el factor sorpresa, la producción de HBO implementó un sistema de rodaje inédito, con un nivel de secreto casi militar. De hecho, para evitar cualquier filtración a la prensa, blindaron el set y filmaron todo bajo el nombre en clave falso de «LA Nights». El recelo era tan extremo que los propios actores entraban a trabajar sin saber qué escenas iban a grabar ese día, recibiendo los guiones apenas veinticuatro horas antes de rodar.

Toda esa atmósfera de misterio y hostilidad del set se tradujo de forma directa al nuevo lenguaje visual de la serie. Nos olvidamos del glitter, los colores brillantes y los maquillajes llamativos; ahora el mundo de Euphoria es mucho más opaco, frío y desgastado. La puesta en escena abandonó el brillo y el neón para adoptar una estética madura que nos obliga a mirar los conflictos desde una vereda mucho más adulta, donde las crisis ya no son un juego de chicos y las consecuencias se pagan caro.

En este nuevo mapa tan oscuro, las historias de los personajes se volvieron extremadamente crudas. El caso más brutal y representativo de este cambio es el de Rue. Su nuevo arco narrativo prácticamente dialoga con la estética y el tono de series como Breaking Bad y el western moderno. El propio Sam Levinson ya había adelantado su intención de darle un giro de film noir a la protagonista, y el resultado es un salto drástico hacia el thriller criminal. Su vida se transformó en una lucha constante por la supervivencia, terminando involucrada de lleno en el tráfico de drogas y realizando trabajos ilegales en escenarios hostiles y desérticos, lidiando con cárteles y un nivel de peligro absoluto. Esta transición convierte su trama en un viaje asfixiante, donde los maletines de dinero y el riesgo de muerte son moneda corriente.

Por otro lado, Nate y Cassie se casaron e intentan sostener la fachada de la «pareja perfecta» y tradicional, pero nada es lo que parece: están quebrados económicamente. Nate se debate intentando mantener a flote un negocio que se le cae a pedazos, mientras Cassie termina metida en el mundo de OnlyFans para generar plata y también alimentar su constante necesidad de atención.

Por su parte Maddy se mudó a Los Ángeles y logró abrirse camino a puro esfuerzo en la industria, pero el peso de abrirse paso en un entorno corporativo tan competitivo la ha hecho cargar con el cinismo y la frialdad propios de la vida adulta. Mientras tanto, Jules dejó la escuela de arte y se aisló por completo, sobreviviendo económicamente como acompañante de un cliente adinerado mientras canaliza su vacío emocional en la pintura.

Finalmente, Lexi es de las pocas que intenta hacer las cosas de forma más tradicional trabajando como asistente en Hollywood, tratando de ganarse su lugar.

 

Este giro narrativo convierte a Euphoria en una meditación bastante amarga pero necesaria sobre el abismo que separa la juventud de la madurez. Ya no se trata de la rebeldía o la intensidad propia de los años de secundaria, sino del peso abrumador de la supervivencia en el mundo real.

No obstante, frente a tanta oscuridad y tras ver a los personajes lidiar con situaciones límite, nos queda el anhelo de que el desenlace de la temporada traiga consigo un poco de esperanza. Tras haber seguido este proceso de maduración tan hostil, resulta natural buscar una nota de esperanza; confiar en que el dolor no es un estado definitivo. Aunque la vida adulta se manifiesta aquí con toda su severidad, la serie nos permite creer que, tras haber aprendido las lecciones más duras, siempre existe un margen para la redención y la posibilidad de retomar el rumbo.