Por Dra. Paola Desiervi
No estamos cansados porque sí
Salud mental en tiempos de exigencia permanente
Vivimos en una época en la que estar cansados parece casi normal. Cansados de trabajar, de responder mensajes, de llegar a todo, de producir, de sostener vínculos, de cuidar, de resolver, de estar disponibles y, además, de intentar estar bien. Muchas veces naturalizamos ese agotamiento como si fuera parte inevitable de la vida adulta, pero no siempre nos detenemos a preguntarnos qué costo tiene.
La salud mental no se deteriora solamente por grandes crisis. A veces se desgasta de manera silenciosa, en lo cotidiano: en la falta de descanso, en la presión por rendir, en la culpa por parar, en la comparación permanente y en la sensación de que nunca alcanza. Nunca alcanza el tiempo, el dinero, el cuerpo, la energía, la paciencia ni la versión de uno mismo que intentamos mostrar.
Desde la mirada médica y psiquiátrica, es importante entender que el estrés sostenido no es inocuo. Nuestro organismo está preparado para responder ante situaciones de demanda, pero no para vivir indefinidamente en estado de alerta. Cuando la exigencia se vuelve crónica, pueden aparecer síntomas físicos, emocionales y cognitivos: insomnio, contracturas, cefaleas, palpitaciones, problemas digestivos, irritabilidad, ansiedad, dificultad para concentrarse, sensación de saturación, apatía o cambios en el apetito.
Muchas personas llegan a la consulta diciendo: “no sé qué me pasa, estoy irritable”, “me cuesta dormir”, “no disfruto nada”, “siento que no puedo parar” o “estoy cansada aunque duerma”. Y muchas veces no se trata de debilidad ni de falta de voluntad, sino de un sistema nervioso sobreexigido durante demasiado tiempo.
También vivimos en una cultura que premia la productividad constante. Descansar puede sentirse como perder el tiempo. Poner límites puede generar culpa. Decir que no puede vivirse como una falla. Entonces seguimos, incluso cuando el cuerpo ya empezó a avisar. Seguimos con café, pantallas, listas interminables, obligaciones superpuestas y poca pausa real.
Cuidar la salud mental no significa abandonar las responsabilidades, sino revisar el modo en que las estamos sosteniendo. Implica preguntarnos si todo lo urgente es realmente importante, si estamos durmiendo lo suficiente, si tenemos espacios de recuperación, si podemos pedir ayuda, si nuestros vínculos nos sostienen o nos drenan, y si estamos viviendo desde el deseo o solamente desde la obligación.
No todo cansancio es enfermedad, pero todo cansancio persistente merece ser escuchado. Cuando el malestar empieza a afectar el sueño, el ánimo, la concentración, los vínculos o la capacidad de disfrutar, es momento de consultar. Pedir ayuda no debería ser el último recurso cuando ya no podemos más, sino una forma de prevención.
En el mes de la salud mental, tal vez una de las preguntas más necesarias sea esta: ¿qué parte de mi vida estoy sosteniendo a costa de mi bienestar?
Porque no estamos cansados porque sí. A veces el cansancio es una señal. Y aprender a escucharla también es cuidar la salud mental.

Paola Desiervi Quiroz
MP 30937 ME 20266
