Por Dra. Paola Desiervi
No todo malestar es enfermedad
Pero todo malestar merece ser escuchado
Sentir ansiedad, tristeza o estrés no siempre significa estar enfermos. Las emociones son parte de nuestra vida psíquica y también de nuestra biología. Nos informan, nos preparan, nos alertan y muchas veces nos ayudan a adaptarnos. El problema aparece cuando ese malestar se vuelve persistente, intenso o empieza a afectar el sueño, el cuerpo, los vínculos, el trabajo o la posibilidad de disfrutar.
Desde una mirada médica y PNIE —psiconeuroinmunoendocrinológica— no podemos pensar la salud mental separada del cuerpo. Lo que sentimos no ocurre “solo en la cabeza”. Cada emoción activa redes complejas entre el cerebro, el sistema nervioso autónomo, las hormonas, el sistema inmune, el intestino, el sueño y el metabolismo.
Cuando estamos frente a una situación de estrés, el organismo activa mecanismos de defensa y adaptación. Aumenta el estado de alerta, se liberan hormonas como el cortisol y la adrenalina, cambia la frecuencia cardíaca, la respiración, la tensión muscular y la digestión. Esto puede ser útil si necesitamos responder a una demanda concreta. Pero cuando vivimos demasiado tiempo en modo supervivencia, el sistema empieza a agotarse.
Por eso muchas personas no consultan diciendo “estoy triste” o “estoy ansiosa”, sino “me duele todo”, “no duermo”, “me falta el aire”, “tengo palpitaciones”, “me cae mal la comida”, “estoy irritable”, “no me puedo concentrar” o “estoy cansada aunque descanse”. El cuerpo muchas veces expresa aquello que todavía no pudimos registrar emocionalmente.
No todo estrés es dañino. Hay formas de estrés que nos activan, nos desafían y nos permiten crecer. Pero cuando la exigencia es crónica, cuando no hay pausa, cuando falta sostén emocional o sentimos que no tenemos recursos para afrontar lo que vivimos, el estrés deja de ser adaptativo y empieza a enfermar. Puede alterar el sueño, aumentar la inflamación, modificar el apetito, afectar la inmunidad, empeorar dolores previos y aumentar la vulnerabilidad a cuadros de ansiedad o depresión.
También es importante diferenciar una emoción esperable de una señal de alarma. Estar triste ante una pérdida, preocupado frente a un problema o estresado en un momento de mucha demanda puede ser una respuesta humana. Pero si la tristeza se sostiene durante semanas, si aparece desesperanza, aislamiento, pérdida de interés, insomnio persistente, crisis de ansiedad, consumo aumentado o pensamientos de muerte, es necesario pedir ayuda.
Cuidar la salud mental no significa estar siempre tranquilos ni felices. Significa poder reconocer lo que nos pasa, darle lugar al cuerpo, revisar nuestros ritmos, pedir apoyo y consultar cuando el malestar empieza a desbordar nuestra capacidad de regulación.
La mirada PNIE nos recuerda algo fundamental: somos una unidad. No hay mente sin cuerpo, ni cuerpo sin historia, vínculos y contexto. Escuchar el malestar a tiempo no es exagerar. Es una forma de prevención.

Paola Desiervi Quiroz
MP 30937 ME 20266
