por Guillermina Mandrile
Permiso para bailar: breve historia de los carnavales riocuartenses
¿Y si existiera un momento efímero, pero real, en donde las reglas del juego se invirtieran… en donde los bufones se transformaran en reyes? La Historia fue testigo de esos instantes. En las narraciones del pasado, lo ocurrido se mezcla con ritos, mitos y creencias que en su afán de sobrevivir, se van reinventando.
Si pretendiéramos indagar en los orígenes del Carnaval, deberíamos remontarnos a las antiguas sociedades egipcias, griegas y romanas. Posteriormente, la festividad pervivió durante la Edad Media europea, donde adquirió un significado peculiar. Según el pensador Mijaíl Bajtín, el Carnaval se constituía, a través de sus actos y ritos, en un momento muy importante en la vida del hombre medieval: allí se abolían provisionalmente jerarquías, tabúes, reglas y privilegios. No obstante, esta suspensión del orden tenía un límite preciso: la Cuaresma, período que implicaba el retorno a los valores tradicionales impuestos por el cristianismo y el grupo dominante.
El Carnaval llegó a América en torno al siglo XV, de la mano de la ocupación española. Si nos centramos en la historia de esta festividad en la localidad de Río Cuarto, los registros más antiguos, que pueden encontrarse en el Archivo Histórico Municipal, se remontan a una ordenanza de 1884 que buscaba reglamentar “(…) los bailes de máscaras i uso de disfraz”. Allí se fijaba la duración de los festejos: los bailes comenzarían treinta días antes y terminarían diez días después del domingo de Carnaval. No se permitían disfraces “indecorosos” ni cantos “inmorales”. Se prohibía el uso de vestiduras sacerdotales y uniformes militares. Tampoco se podía portar armas, aún cuando el disfraz lo requiriese para su verosimilitud. Se cobraban $3,70 por baile y $0,50 por disfraz.
Con el cambio de siglo, el Carnaval comenzó a ganar visibilidad en el espacio público. Aparecieron comparsas, carrozas alegóricas y corsos en torno a la plaza central, la Plaza Roca. En un principio, los bailes se realizaban en las casas de “familias tradicionales”; para 1913 se llevó a cabo el primer baile popular en el Cine Centenario, ubicado sobre Boulevard Roca. Posteriormente, se volvió frecuente que los festejos fueran impulsados por diferentes instituciones. Sin embargo, las diferencias sociales seguían presentes: había palcos y lugares privilegiados desde donde observar la fiesta.
A lo largo del siglo XX, el entusiasmo fue cambiante. Los diarios locales dan cuenta tanto de períodos de esplendor como de momentos de desinterés. Los recuerdos más vívidos remiten a desfiles temáticos, serpentinas, papel picado, bailes organizados por distintos clubes y carrozas especialmente elaboradas, como las de la década de 1950. De aquellos años datan el “Carnaval de América” (1954), en el que las carrozas homenajearon a distintos países del continente; y el celebrado en 1955, cuya consigna fue representar provincias argentinas, gobernaciones y territorios nacionales. Participaron diversas instituciones locales, hubo música y un cierre memorable con el “Romance del 900” (un automóvil del año 1900 que llevaba al matrimonio Ramello-Moral y desfiló por las calles de la ciudad). Al año siguiente, en el “Carnaval de la Alegría”, los ritos se repitieron y convergieron carrozas locales y foráneas.
Con el tiempo, los festejos se desplazaron del centro hacia los barrios y adoptaron nuevas formas. En 1965, los corsos se realizaron en Pueblo Alberdi, organizados por instituciones barriales, donde destacaron carrozas, murgas y comparsas.
Antes de desaparecer del calendario por decreto del gobierno de facto en 1976, se realizó el “Carnaval de las Flores” en 1974. Desde el poder municipal se organizó una comisión que contó con el apoyo de numerosas instituciones. Hubo sorteos de importantes premios, entre ellos un Fiat 600. El baile se realizó en la Sociedad Italiana, con la orquestación de Jazz Los Cuervos y Los Vagabundos. Fue coronada Vivian Ruth Cenci, quien para entonces no sospechaba que aquel sería uno de los últimos carnavales, como atestiguaría años después en una nota escrita por Ana Solá. La festividad regresaría oficialmente como eventos desarrollados en la ciudad y previstos de forma anual en 2011.
Volviendo a la pregunta inicial y a la luz del recorrido realizado, cabe preguntarse si el Carnaval fue realmente un momento de inversión de roles o transgresión del status quo. Tal vez no de manera absoluta. Las normas, los controles y las jerarquías nunca desaparecieron por completo. Quizá su valor radique en la posibilidad de suspender, aunque sea por un instante, la rutina. De esta forma, entre música, colores, disfraces e ingenio, cada una de las personas que hacen al Carnaval lo dota de sus propios significados.


