Por Dra. Paola Desiervi

Septiembre amarillo: hablar a tiempo también es prevenir

Cada septiembre se vuelve a poner sobre la mesa un tema que todavía incomoda: el suicidio. No porque el sufrimiento aparezca solo en este mes, sino porque el 10 de septiembre se conmemora el Día Mundial para la Prevención del Suicidio, una fecha que busca visibilizar, reducir el estigma y recordar algo fundamental: hablar de suicidio de manera responsable puede salvar vidas.

Desde la psiquiatría, es importante empezar por una idea central: la conducta suicida no tiene una sola causa. No se explica únicamente por un diagnóstico, una pérdida, un conflicto familiar o una situación económica. Suele aparecer cuando distintos factores se combinan y la persona siente que ya no encuentra salida al dolor que está viviendo.

Muchas veces, quien piensa en morir no desea realmente dejar de vivir, sino dejar de sufrir. Esa diferencia es enorme. Nos permite mirar el suicidio no como una decisión fría o egoísta, sino como una urgencia de salud mental en la que el dolor psíquico se vuelve insoportable y la capacidad de pedir ayuda puede estar debilitada.

Existen cuadros clínicos que pueden aumentar el riesgo, especialmente cuando no están diagnosticados o tratados adecuadamente. La depresión, el trastorno bipolar, los consumos problemáticos, los trastornos de ansiedad severos, los cuadros psicóticos, algunos trastornos de personalidad, el trauma, el insomnio persistente y el dolor crónico pueden acompañarse de desesperanza, impulsividad, aislamiento o pensamientos de muerte.

Por eso, algunas señales no deberían minimizarse: frases como “soy una carga”, “no doy más”, “sería mejor no estar”; cambios bruscos de conducta; abandono de actividades; aislamiento; irritabilidad marcada; aumento del consumo de alcohol o drogas; regalar pertenencias; despedidas indirectas; insomnio intenso o una calma repentina después de un período de mucha angustia.

También es importante saber que no siempre hay un pedido de ayuda explícito. A veces aparece como enojo, cansancio, silencio, descuido personal o una frase dicha al pasar. Cuando algo nos llama la atención, conviene acercarse, no interpretar desde la comodidad de “seguro no es nada”.

Un mito muy frecuente es creer que preguntar por suicidio puede “dar ideas”. En realidad, preguntar con respeto no empuja a nadie a hacerse daño. Al contrario: puede abrir una puerta para que la persona se sienta menos sola. Preguntar “¿estás pensando en hacerte daño?” o “¿sentís que no querés vivir?” puede ser incómodo, pero muchas veces es el comienzo de una ayuda posible.

Desde lo médico, también es clave decir que el suicidio se puede prevenir y que existen tratamientos. La evaluación psiquiátrica permite valorar el riesgo, indicar medicación cuando corresponde, tratar cuadros de base, organizar un plan de seguridad y definir si la situación requiere atención urgente.

Si hay riesgo inminente, no alcanza con esperar a que “se le pase”. Hay que acompañar a una guardia, llamar a emergencias o pedir ayuda profesional de inmediato. La escucha activa, el acompañamiento familiar y la red social son fundamentales, y serán parte de la mirada que continuará esta columna.

Septiembre nos recuerda que prevenir no es hablar una vez al año: es animarnos a preguntar, escuchar sin juzgar y acercar ayuda a tiempo.

Paola Desiervi Quiroz
MP 30937 ME 20266