Por Alberto Sánchez

Un fuego loco y celeste

“La vida era a veces tan hermosa que no se parecía a la vida”, ha dicho con romanticismo el escritor Arturo Pérez Reverte.

Yo lo experimenté, en cuerpo y alma, el 30 de noviembre de 2025, más precisamente a las 19.06, cuando pitó el árbitro el final del partido y Asociación Atlética Estudiantes ascendió a la Liga Profesional, máxima categoría del fútbol argentino. Llorando como un chico, abracé a mis hijos y nietos.

“Hay gente de fuego sereno que ni se entera del viento y gente de fuego loco que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende”.

Esta reflexión -Un mar de fueguitos- del uruguayo Eduardo Galeano es la joyita literaria que aparece muy de vez en cuando y que hoy relaciono con la pasión por la camiseta.

…viejo y glorioso Estudiaaaante, de corazóóón sin iguaaal, tu barra te lo agra de cé y te alienta hasta el final…dale la é dale la é dale la é dale la é.

Estudiantes, el Cele, el León del Imperio, el de la Avenida y el barrio Brasca o Braska, como te guste nombrarlo, es un fuego loco. Y mi vida, amándolo desde el inicio de los tiempos, también lo es. Tanto, que escribiendo estas líneas mis ojos se vuelven a humedecer y siento un nudo en la garganta.

A las pruebas me remito. A mi padre le gustaba el fútbol, pero jamás influyó para que me hiciera simpatizante, como él, de Rosario Central. Siempre respetó mi libertad de elección. Cosechó un sinnúmero de amigos albos y celestes, y aunque creo que le gustaba más Atenas, acompañó mi amor inexplicable que arrancó desde la cuna.

…Yo te sigo de pendeeeejoooo, como me enseñó mi vieeejooooo…vamó león, vamoa ganá, donde jugué io voy a estaaaar…canta y baila la leonera.

Un sabio afirmó que la infancia es el lugar en el que habitás el resto de tu vida.

Con 10 años recién cumplidos, fuimos hasta la sede del club y me asoció. Cuando el pequeño carnet, curiosamente con tapas rojas y foto incluida estuvo en mis manos, le dije ¡gracias, papá! Corroboraba que él solo quería mi felicidad. Y pasé a ser cadete infantil, algo así como un ADN color celeste.

Los veranos resultaban fantásticos: toda la tarde en la pileta y al llegar la noche íbamos a ver los partidos del torneo IMGO, ubicándonos en la tribuna vieja, comiendo maní con cáscara y aguardando la salida a la cancha del equipo de Percello y Laciar, dos delanteros impresionantes. Por los altoparlantes propalaban la marcha del deporte: …en un marco de azul celestiaaaal, y al rayo solar, va la juventuuud…

Como cadete participé de un 21 de septiembre muy especial. En el medio de la cancha celebramos la primavera y el aniversario de la institución compartiendo un picnic a la canasta con chicos del San Juan de la Cruz, por entonces, escuela modesta de la periferia.

Con granitos en la cara, un mundo por descubrir y la revolución hormonal, arranqué la adolescencia con el Cele jugando sus primeros torneos regionales. “Hay que convertir la vida en un sueño y volver realidad los sueños”, sostiene la escritora Rosa Montero.

El abogado David Guido Flores era el típico adherente sui generis. Dicho de otro modo, cuidaba las formas, por su profesión, y con mesura gritaba los goles. A su hijo, mi amigo, el fútbol no lo seducía, sí los fierros. Por eso le fascinaba cuando Estudiantes jugaba de visitante, porque viajábamos hasta Gigena, Cabrera o Deheza y él conducía el Torino de Flores padre.

Has recorrido un largo camino

Lo advirtió hace una eternidad el talentoso Alfredo Di Stéfano: “ningún jugador es tan bueno como todos juntos”. Observo a los flamantes campeones, arracimados en el abrazo y ratifico que es así. Miro las vitrinas de la sede repletas de trofeos; los pergaminos no mienten: el Cele es grande de verdad.

Una veintena de títulos alcanzados en los torneos regionales desde 1917 a 1976; el zonal de interligas e interclubes de 1962; cinco provinciales de la Asociación Cordobesa de Fútbol, entre 1978 y 1990; 36 campeonatos obtenidos en la Liga Regional riocuartense, del ´85 a 2019; 4 copas Competencia…y la lista continúa.

Y el ascenso, en 2016, al Torneo Federal A. El 5 de mayo de 2019 se coronó campeón, llegando así a la Primera B Nacional por primera vez en su historia. Además, ese mismo año jugó por Copa Argentina frente a Boca Juniors, evento llevado a cabo en el mundialista estadio José María Minella, de Mar del Plata, desde cuyas tribunas alentaron cientos de fanas celestes que viajaron mil kilómetros.

Mucho antes, Estudiantes tuvo una destacada actuación en los Nacionales 1983, 1984 y 1985 – por entonces, primera división del fútbol argentino- jugando aquí con Talleres, River, Huracán, Temperley, Ferro, Boca, etc.

…a vos que sos hincha de atenassss y siempre te he visto correr, te pido que hagas memoria, campeón siempre sale el celééé…

Llegaría 2021 y dos tremendas frustraciones lo dejaron nocaut: el 15 de enero perdió la final por el ascenso a la máxima categoría en ronda de penales con Sarmiento de Junín. Y el 31 del mismo mes, nuevamente los tiros desde los doce pasos le darían la espalda, coronándose Platense tras imponerse 4 a 2.  

…Aunque gane o pierda no me importa una mierda, sigo siendo del Cele porque al Cele lo quiero, porque al Cele lo quieeeerooooo… siguieron cantando Los Leones. (Viene a mi memoria que en los ’60 la gente alentaba E-tu-diante, pronunciado así).

Vuelvo a Galeano: “la utopía está en el horizonte, camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Entonces, ¿para qué sirve la utopía? Para eso; sirve para caminar”. O sea, esta metáfora nos enseña que la utopía no es el destino último, sino la fuerza y perseverancia que ponemos tras un ideal.

Lo digo porque décadas atrás, ni el más fanático se daba la chance de soñar con Estudiantes jugando por los puntos contra Boca o River. Pero como bien lo sentenció el inglés David Beckham, “el fútbol no es un juego, es magia”. Ocurrió el milagro.

Coincido con otro futbolista, el español Xavi Hernández, quien dijo “es increíble cómo la pasión del fútbol une a tanta gente”. Así sucedió. En los comienzos era apenas un grupito gritando todo el tiempo. Después hubo más gente, con banderas y trapos.

…león, león, vosó de laaaa aveniiiida, vosó mi aaaalegría, te quiero ver campióóón…

Irrumpieron los primeros líderes de la barra, como el Lolo; también las “negociaciones” garreras con autoridades del club. Así, alternando luces y sombras fue forjándose la hinchada, por épocas, numerosa y en otras, no tanto.

Paso a paso, cosieron más trapos, añadieron bombos, redoblantes y, más cerca en el tiempo, las trompetas. Hoy exhiben orgullosos el gigantesco bombo con la inscripción Pandilla 13 y una larguísima bandera que ocupa todo el largo y alto de la tribuna norte.

Celeste, mi buen amigo, esta campaña volveremo a estar contigo, te alentareeeemo de corazón, esta hinchada que te quiere ver campión, no me importa lo que diiiigan, lo que digan los demáááás, io te sigo a todas parteeees, cada vez te quiero más.

Como afirmó un poeta, el fútbol es el único amor que no defrauda.

A lo largo de la historia hemos tenido un pilón de ídolos. Mencionarlos sería traicionar el derecho que cada generación tiene de elegir los suyos. El lechuza, el cóndor, el gringo, el pampa, el nomo, el flaco, Pablito, el jota, el ticá, el José…Basta citar sus apodos para que mis hijos al toque los identifiquen. Mis nietos, en cambio, no los registran, obvio. A ellos hablales del colo, huevo, peque, chucky…   

Con las reestructuraciones gocé las mieles de los Regionales porque significaba expandir el horizonte futbolero. Y los Federales me acostumbraron a ver al Cele jugando con Racing de Córdoba, Alumni de Villa María y Sportivo Belgrano de San Francisco. Y por supuesto, la inolvidable victoria ante Belgrano de Córdoba.

Aún conservo en un portarretrato la entrada que pagué $500 para el partido del domingo 5 de mayo de 2019, en la final del pentagonal del Federal A frente a Sarmiento de Resistencia, pasaporte glorioso a la Primera Nacional.  

Dejo para el último una confesión muy íntima: siempre creí que la muerte me sorprendería con el León en el Naaacional B, categoría enorme, pero hasta ahí nomás. (El día que me muera yo quiero mi cajóóón pintado de celeeeeste como mi corazón)

Pero la Virgen y cuanto santo y/o angelito de la guarda anduvo por la cancha el 30 de noviembre, se confabularon para darnos la alegría suprema, que obligó trascartón, al estricto cumplimiento de extrañas, risueñas y hasta ridículas promesas previas.

Ya puedo morir en paz y feliz: el Cele es de Primera. Cierro los ojos y siento de nuevo retumbar el cántico de siempre que despide al equipo: viejo y glorioooooso estudiaaaantes, de corazón sin igual, tu barra te lo a gra de cééé y te alienta hasta el final…dale la E, dale la E, dale la E, dale la E, dale la EEEE, dale la EEEE, dalelaEdalelaE