Por Emilia Cotella

Una batalla tras otra: la ganadora del Óscar

Una batalla tras otra, la última película del consagrado director norteamericano Paul Thomas Anderson llegó en 2025 a la pantalla y terminó consolidándose como una de las obras más representativas del último año. Se presenta como un thriller político, pero rápidamente se expande: hay acción sostenida, personajes bien definidos y una historia que trata la violencia, la polarización y la herencia ideológica, haciendo una lectura crítica del presente.

 La historia sigue a Bob Ferguson, antes conocido como “Ghetto” Pat, interpretado por Leonardo DiCaprio, un ex militante revolucionario que vive en la clandestinidad después de la caída de su grupo. Pero más que un operador político o un estratega, lo que define al personaje es algo más íntimo: la paternidad. Bob pasó años criando a su hija Willa en las sombras, tratando de protegerla de un pasado que nunca terminó de cerrarse. Cuando un viejo enemigo, el coronel Lockjaw (Sean Penn) vuelve a escena decidido a borrar todo rastro de esa historia, la película se transforma en una persecución que es tan física como emocional.

Ese vínculo entre padre e hija es el núcleo de la película. Willa no está ahí solo como motor del conflicto, sino como una figura que encarna las consecuencias de toda una generación. A medida que avanza la historia, gana autonomía, toma sus propias decisiones, y llega incluso a cuestionar la identidad de su propio padre. La relación entre ambos está atravesada por la desconfianza, por lo que se hereda, y por una necesidad de reconstrucción que nunca termina de ser del todo posible.

El trabajo de DiCaprio es impecable. Su personaje se aparta de los roles más icónicos de su carrera y descarta cualquier construcción heroica convencional: acá compone un personaje errático, desorientado, lúcido pero también contradictorio, alguien que entiende perfectamente el mundo en el que vive pero que ya no cree del todo en él.

Penn, en cambio, construye un Lockjaw autoritario e inquietante. Su personaje se mueve con una seguridad casi paranoica, como si siempre estuviera un paso adelante, y combina estallidos de violencia con momentos inesperadamente absurdos. Ese contraste lo vuelve más inestable y refuerza la sensación de que nunca se lo puede anticipar del todo.

El recorrido de Una batalla tras otra en la temporada de premios terminó confirmando lo que ya se venía intuyendo. En la 98ª edición de los Premios Óscar llevada a cabo hace unos pocos días, la película se llevó seis premios, incluyendo Mejor Película, Mejor Director para Anderson, Mejor Guion Adaptado y Mejor Actor de Reparto para Sean Penn, imponiéndose frente a producciones mucho más grandes.

Parte de ese reconocimiento tiene que ver con cómo la película dialoga con su contexto. Sin hacer referencias directas, construye un clima atravesado por la radicalización política, la violencia y las consecuencias de las decisiones ideológicas a largo plazo. El conflicto no aparece como algo abstracto, sino como algo que se transmite, que se transforma y que siempre regresa, casi como algo cíclico. La propia estructura del relato, que va mostrando distintas etapas en la vida de los personajes, refuerza esa idea de que el pasado nunca termina de quedar del todo atrás.

También hay decisiones de producción que ayudan a entender por qué la película funciona tan bien. Anderson retoma el universo de Thomas Pynchon (la película está inspirada en la novela Vineland) y lo traduce a un lenguaje más físico. La elección de filmar en locaciones reales, con una puesta en escena bastante contenida, le da una sensación de cercanía. Incluso en las secuencias más ambiciosas, como la persecución en ruta hacia el final, la película evita el exceso digital y apuesta por efectos prácticos, con autos reales y coreografías filmadas en continuidad. El riesgo y el movimiento se perciben reales y todo se siente lejos de la espectacularidad artificial que domina buena parte del cine actual.

La película principalmente se sostiene por lo esencial: está muy bien contada. Tiene ritmo, tensión, y personajes excelentemente construidos. Anderson encuentra un equilibrio entre ambición y control, y crea una película que no busca ser complaciente. Una batalla tras otra es una obra dinámica, incómoda, y rigurosa en su forma, lo que nos permite entender por qué terminó ocupando un lugar central en el cine reciente y por qué su reconocimiento en los premios no resulta exagerado, sino más bien, merecido.