Por Florencia Compagnucci
“No se puede vivir del amor…”
“Qué privilegio hacer lo que a uno le gusta”, “por lo menos trabajas de lo que querés”, “si de verdad tenés vocación, no deberías quejarte”; “es lo que elegiste, ¿seguro/a tenés la vocación para hacerlo? Años hace que nos repiten que hacer lo que a uno le gusta es un privilegio. Que la vocación justifica el sacrificio. Que el sueldo puede esperar, que la experiencia es una forma alternativa de pago y que “ya va a llegar el reconocimiento”. Tanto se ha insistido con esto que con el tiempo esa idea —en apariencia noble— se fue deformando hasta convertirse en una coartada perfecta y elegante para naturalizar la precarización laboral, especialmente entre los más jóvenes.
La vocación, en su sentido más genuino, es un motor poderoso. Es la fuerza que empuja a un docente a quedarse después de hora, a un periodista a seguir investigando cuando no hay certezas, a un artista a crear sin garantías, a un profesional a formarse constantemente aun cuando el contexto no acompaña. La vocación da sentido, identidad y pertenencia. No es un capricho ni una moda: es una forma de estar y habitar en el mundo. El problema aparece cuando ese valor se utiliza como excusa; cuando se transforma en argumento para pagar menos, exigir más y ofrecer menos derechos. Cuando deja de ser una elección personal para convertirse en una obligación implícita. Ahí la vocación deja de dignificar el trabajo y pasa a justificar su degradación.
“Es una oportunidad”, “te va a servir para el currículum”, “acá se aprende mucho”, “no podemos pagar más, pero ganás experiencia”. Frases repetidas hasta el hartazgo, que suelen aparecer en pasantías eternas, contratos informales, trabajos mal remunerados o directamente no remunerados. Frases que apelan al deseo, a la ilusión y, muchas veces, a la necesidad. Porque no todos pueden darse el lujo de rechazar una oportunidad, aunque venga envuelta en condiciones injustas.
La precarización no siempre es explícita; no siempre adopta la forma de un empleo en negro o de un salario miserable. A veces se presenta como flexibilidad extrema, como disponibilidad permanente, como falta de límites claros entre el trabajo y la vida personal. Se espera compromiso absoluto, pero se ofrece inestabilidad. Se exige pasión, pero se niega previsibilidad. Se pide vocación, pero se quitan derechos.
Si bien este “fenómeno” se da en cualquier ámbito y a cualquier edad, me da la sensación que golpea con más fuerza a los jóvenes. Aquellos jóvenes que recién empiezan, quienes están comenzando a construir su camino son quienes cargan con el mandato de “agradecer” cualquier oportunidad. Hace tiempo que se los acusa de no querer esforzarse, de ser impacientes, de no tolerar la frustración; sin embargo, muchas veces no se trata de falta de ganas, sino de cansancio estructural…Cansancio de un sistema que promete futuro, pero ofrece desgaste.
No es que las nuevas generaciones no valoren el trabajo; de hecho, lo valoran tanto y se valoran tanto como personas que no están dispuestas a aceptarlo en cualquier condición. No rechazan el esfuerzo: rechazan la explotación disfrazada de mérito. No desprecian la vocación: se resisten a que sea utilizada en su contra.
Hay dando vueltas en la sociedad, desde hace muchos años, una romantización peligrosa del sacrificio. Se exalta al que “la pelea”, al que aguanta, al que se queda, aunque no le convenga y sufra. Se construye un relato donde sufrir parece ser parte necesaria del camino al éxito. Y digo “sufrir”, no esforzarse; porque una cosa es el esfuerzo y la perseverancia y otra, el sufrimiento. Pero ese relato omite algo fundamental: no todos parten del mismo lugar, no todos tienen las mismas redes de contención, no todos pueden ni quieren sostener trabajos mal pagos esperando un futuro mejor que tal vez nunca llegue.
La precarización sostenida en el tiempo claramente no solo afecta el bolsillo. Afecta la salud mental, la motivación, el deseo. Apaga la vocación que dice defender, apaga el deseo, esa chispa que nos levanta y nos hace mover, crear, innovar… Porque, digamos la verdad, nadie puede amar indefinidamente un trabajo que no le devuelve lo mínimo e indispensable para vivir con dignidad. La pasión no reemplaza al salario. El compromiso no paga el alquiler. El entusiasmo no cubre la obra social. Y la dignidad no debería negociarse ni medirse en monedas.
En este punto, es importante decirlo con claridad: trabajo digno y vocación no son opuestos. No se excluyen, sino todo lo contrario, se potencian. Un trabajo con derechos, con condiciones claras y con una remuneración justa no mata la pasión: la sostiene… Permite proyectar, crecer, mejorar. La vocación florece cuando no está asfixiada por la incertidumbre permanente.
Por otra parte, hay que aceptar otra cosa: también hay una responsabilidad colectiva de empleadores, de instituciones, de sectores que históricamente se apoyaron en la “buena voluntad” de quienes aman lo que hacen y sacan provecho de eso. La educación, la cultura, el periodismo, el deporte, el arte y tantas otras áreas sobreviven gracias a personas con vocación. Pero sobrevivir no debería ser sinónimo de precarizar, ni tampoco debería implicar una pelea entre sectores que se ven igualmente afectados por esa idea que atraviesa a tantas esferas de la práctica social y que terminan instalando una batalla entre grupos, mientras que quienes deberían responsabilizarse miran todos estos conflictos desde la comodidad de sus casas y sus salarios suficientes.
Revalorizar la vocación implica cuidarla, no explotarla. Implica entender que el amor por un oficio no puede ser moneda de cambio. Que la pasión no es un recurso infinito. Que detrás de cada trabajador vocacional hay una persona con necesidades concretas, con límites y con derechos.
Tal vez sea momento de revisar algunas certezas heredadas. De dejar de glorificar el sacrificio vacío y de entender que pedir condiciones justas no es falta de compromiso, sino una forma de respeto: respeto por uno mismo y por el trabajo que realiza. La vocación no debería ser un castigo ni una prueba de resistencia. Debería ser un punto de partida; un valor que se sume al trabajo digno y no que lo reemplace, porque cuando la vocación se cuida, se multiplica; pero cuando se la usa como excusa, se desgasta. Y con ella, se desgasta también la idea misma de futuro.
