Por Alberto Sánchez

El Porteño en su Selva

Pasan las décadas y aunque algunas ciudades, como Córdoba y Rosario superan ampliamente el millón de habitantes, mantienen costumbres pueblerinas y pueden recorrerse de un extremo a otro con relativa facilidad y poco tiempo.

Más allá del estado de crispación permanente que nos azota a todos los argentinos, ofrecen postales y ricas historias de personajes, calles, bares, clubes y estudiantinas que nos llevan a soñar que no todo está perdido.

Con los porteños es otra cosa. No bien pisamos CABA, como se la llama ahora, una atmósfera variopinta nos envuelve y los estados de ánimo encolerizados bofetean nuestros rostros de payucas.

Sobre la identidad del capitalino los sociólogos e historiadores han escrito mil ensayos, siempre interesantes e instructivos. Desde el presidente de la Nación –cree que se las sabe a todas- hasta el tachero que nos traslada –cree que se las sabe a todas- el porteño abre la boca y te hace saber que se las sabe a todas.

Como buen ratón de biblioteca, hallé un texto titulado El porteño en su selva que se me ocurre fascinante. Lo escribió Oberdan Rocamora –en rigor, Jorge Asís- y no dudo que ha logrado una foto perfecta del nativo de Buenos Aires. Los párrafos centrales (el trabajo excede con creces el espacio de esta columna) lo describen más o menos así:

Gigante mínimo, tierno salvaje, hombre o mujer de mil caras o máscaras, un montón de vacilaciones, de obstáculos, de contradicciones, un depósito de recursos, de defensas, un buscador insaciable, un dramático y eterno aspirante a la terca felicidad.

Y continúa: La guita, hermano. No hay que ser un analista demasiado lúcido, basta con ser sincero para afirmar que fue ella la que, literalmente, nos enloqueció; nos abrevió intensamente la alegría, nos tensionó la risa y nos obligó al acecho, nos despojó la serenidad, nos tornó inmediatamente ácidos, amargos, ansiosos, desesperados.

Cada vez es más difícil continuar siendo un buen tipo en Buenos Aires; no tener conflictos graves que limitan, no encrucijarse en laberintos borgeanos en los que no aparece la luz.

La ciudad es una tómbola, una aventura, un palo enjabonado, un empecinamiento o un error, una mole repleta de rincones que generalmente transitamos sin descubrir, un escenario del que no nos alejamos lo suficiente como para verlo.

La ciudad es un amigo al que no suele visitarse con frecuencia, es un persistente verso, un café y una ventana, quizás un tango, pero improbablemente un tanguero, un par de calles. Es un duro ejercicio diario, una riesgosa imposibilidad de olvidar la cédula, una hembra multifacética y bonita que suele mirarnos con desidia o indiferencia y a la que, cada día, es más improbable conquistar.

La guita se convirtió en una específica obsesión, una telaraña que regula tiránicamente todos los actos y proyectos porque resulta, además de parcial, muy fácil caer en la equivocación de los forzados optimistas que sostienen: “yo no me explico, dicen que no hay plata, pero no se consigue un pasajes en avión a París”…”se quejan, pero ayer, para ver River y Vélez no había entrada”. O hacen tachín tachín porque los autos u otros fetiches importados tienen salida, o porque el sábado, en tal restaurante, cine o boliche, no había sitio.

Pero hay que tener cuidado porque quienes dicen semejantes disparates, a menudo suelen sospechosamente emitirlos por un medio tan importante como la radio. Y para colmo por la mañana, cuando el día es joven y el manijeado porteño necesita ardientemente creer, por ejemplo, que vale la pena tanto sacrificio, salir a trabajar para el empate, a pedalear, a deslizarse como Tarzán entre las lianas de esta selva.

Uno debe creer, es cierto, vale la pena el esfuerzo y esgunfio aunque se termine el mes con el score en blanco; lo que no debe, de ninguna manera, es engañarse.

La especulación ya es un deporte, éste es un tiempo de espirales y de timba. Un par de amigos me tira dos frases “cuando quiero acordarme que soy feliz, enciendo el televisor” y “el que no especula en Buenos Aires es poco despierto o un seco”.

Un cambalache

Y así estamos por la guita: las amas de casa ya son trapecistas de la economía, magas o genios. Cualquier pícaro admirable, entrañable y de base, ya nos habla de balances espléndidos de Astra o Frigorífico La Pampa, papeles mesiánicos que en tres meses multiplicarán la mínima inversión.

El curro ya no espanta y goza de aceptación social, la crisis económica explotó como un mosaico y sálvese quien pueda, el secreto es pasar al frente y anotarse y ojo que, en cualquier momento, puede hasta no asombrar que uno mismo se descubra ciertas condiciones de chanta, que se mire al espejo y minga de problemas.

Mil caras, mil tipos; a pisar hermano para que no te pisen, hay que aprender a manejarse y a trepar, esto es un vale todo y hay que hacer la de uno, hay que actuar en este teatro gigantesco y sin claque ni apuntador.

Hay que ser un eficaz relacionista público, hay que saber administrar la sonrisa, la mano en la espalda, la humillación, hay que saber mentir, moverse, ya no hay razones para ser franco, la hipocresía es un gesto angelical, a especular también con la conducta, hacerse el zonzo “yo sé que vos me mentís pero no importa porque yo también te miento”.

Dirán los que tratan de justificar todo que la vida siempre fue una lucha. No obstante, la lucha, para ser sinceros, en cualquier instante se puede abandonar, uno se aparta y chau, baja los brazos o la conciencia, cree que lo ata una cadena y al final es un piolín.

“Toco y me voy”, se deja vencer por el stress y ya no piensa, se raya, pero de verdad y tal vez entonces se deja poseer por el increíble Hulk que despierta y tira abruptamente todos los valores por el aire y admitan que es un espectáculo imponente ver como los más altos y dignos valores estallan en mil pedazos y mueren en el cielo como fuegos artificiales.

Pero al porteño le dura el raye o Hulk sólo algunas horas, a lo sumo una noche; por la mañana, casi calmado, volverá a trabajar, a bicicletear y a deslizarse por las lianas de su selva, como Tarzán.

(Esta cabal radiografía del porteño –bien puede serlo también de cualquier provinciano- parece escrita hace pocos días, sin embargo, es de abril de 1981. Cualquier similitud con 2026 no es mera coincidencia).