Por Alberto Sánchez
Fábula del Escritor y el Empresario
Es común decir el tiempo pasa volando: Romina, ayer nomás, jugaba con las muñecas y ahora es toda una señorita. Veo salir del cole a Santiago luciendo un buzo con la leyenda Promoción 26 y me niego a creer que este año terminará el secundario. Hablo con un amigo sobre destinos turísticos y caigo en la cuenta que transcurrieron más de dos décadas de mi viaje por pueblos de Cantabria.
Por si fuera poco, advierto que me está ganando la partida la adicción grave de arrancar el día leyendo las necrológicas, simplemente porque todas las semanas muere algún conocido. Hasta descubrí un sitio en el face llamado Necrológicas de Río Cuarto y zona. A no dudarlo, vuelvo a decir que el tiempo pasa volando.
…Y hace casi diez años que escribo en la XXI y, sin embargo, tengo la sensación de que un par de horas atrás, acordaba con Quitito –café mediante en Octavia- la fecha de entrega de mi primera nota para la revista.
A propósito de cafetear, te invito a leer este artículo de Jorge Asís titulado Fábula del escritor y el empresario, que tanto tiene que ver con el duro oficio de escribir, especialmente debido a los costos de edición e impresión.
Pero también porque describe y se inmiscuye en los laberintos del azaroso escenario de las relaciones humanas. Riesgos, contratiempos, desgracias o incertidumbre, tal cual entendemos el significado de esta palabra
La mencionada fábula dice más o menos así: En el epílogo de cierta reunión que presumía de festejo, a la hora de los sillones relajados, del cigarrillo demorado, se registró un diálogo cínicamente tenso que tuve oportunidad de escuchar.
Fue un encontronazo memorable de dos universos no necesariamente opuestos, dos jóvenes –llamémoslos así. De entre 32 y 35 años. Uno, un empresario particularmente próspero; el otro, un escritor particularmente resentido.
La anfitriona, una amiga inexplicable, trataba de equilibrar el clima, espeso por un hilo intenso de hipocresía. El empresario y el escritor no se conocían, pero la prosperidad y el resentimiento ya se captaban en el aire y preludiaban una riña verbal que difícilmente pueda olvidar.
Todos estábamos descalzos, hacía demasiado calor, el silencio perturbaba y mi amiga inexplicable no sabía cómo mantener una cordialidad que se había tajeado.
De pronto, incentivado por la anfitriona, el empresario, un tipo macanudo, seguro, explicó que tenía doce departamentos; algunos-después me lo contó mi amiga- se los había dejado el padre, al morir, pero al menos la mitad los había adquirido solito, en los últimos cuatro años gracias a su visión, a sus dividendos.
Yo lo miraba al escritor, lo notaba caído y no sé por qué intuí que se estaba cargando: será tal vez porque lo conozco, que se siente segurísimo de sí mismo cuando habla de novelas, teorías, posturas, concepciones del mundo y esas cosas, pero que vive en una casa alquilada y su notoriedad nunca le alcanzó para, aunque sea, juntar un anticipo.
Quiere hacer creer que el dinero no le interesa, que son opciones, pero yo nunca le creí, y con sólo mirarlo comprobaba que tenía razón.
El rico, mientras tanto, hablaba de sus pertenencias sin maldad, aunque nunca es delicado contar plata delante de los pobres. Tan poca maldad tenía que, cuando se enteró que el gallo de enfrente era escritor, le dijo que lo conocía de nombre y que le encantaría tener un libro suyo.
Aquí se arma, sospeché. Porque, en realidad, se tiró el lance para que le obsequiara un ejemplar, dedicado.
-No puedo –dijo el escritor- porque de mi última novela tengo nada más que doce ejemplares. Y sabés, tardé como cuatro años en escribirla.
Hablaba con serenidad. Como yo de esto entiendo algo, puedo decir que el escritor del que hablo puede vender en la Argentina, como cinco mil ejemplares, pongamos con benevolencia, diez mil.
(Esta nota fue publicada en 1981. En la Argentina de las cien mil devaluaciones, el párrafo que sigue menciona sumas de dinero comparativamente imposible de llevar al valor actual de la moneda. No olvidemos la cantidad inacabable de billetes diferentes que han circulado en las últimas décadas. Más allá de mi aclaración, la descripción tiene sentido y supongo que la situación de los personajes se entiende perfectamente).
Que sus derechos son el diez por ciento del precio de tapa, su libro se vende a un millón, es decir que con un éxito inconcebible podrá recaudad –con la escasa premura que tienen las editoriales para pagar- unos mil palos, o sea la cuarta parte del departamento de un ambiente.
-Cuatro años, como te decía –siguió el escritor- cuatro años que pude haberlos invertido en otros oficios que podían haberme dado dinero para comprar departamentos. Entonces, si yo, que tengo doce libros te regalo uno, y vos, que tenés doce departamentos no me regalás uno, es porque sos una mala persona.
El insólito razonamiento, de tan simple, me dejó perplejo. El joven empresario ya se sentía molesto, atinaba a sonreír, mi amiga no sabía dónde ponerse, ofrecía más café, whisky.
-¿Entendés, entonces, por qué no te lo regalo?, preguntó y el empresario parecía atrapado en una red. Me dije, en cualquier momento lo insulta, él sabe mucho de números pero ocurría una cuestión de palabras.
-Porque vos perfectamente podés comprar lo que tengo yo, y yo no puedo comprar lo que tenés vos. Lo que pasa es que vos querés tener los doce departamentos y también un libro mío, dedicado, y decir después que tenés doce departamentos y aparte a mí, como amigo.
Una flaca trajo más café, la anfitriona se puso a hablar de Europa, quería mostrar diapositivas, quería…
-Pero igual, viejo, te lo voy a regalar.
-No hace falta, voy a ir a una librería.
No sé por qué, pero me pareció que se sentían con culpa los dos. El café era necesario, se lo elogié a la flaca, que se sentó a mi lado y a los cinco minutos conversábamos sobre la pareja, la película Kramer versus Kramer y esas cosas.
Este encuentro ficticio y novelado guarda, sin embargo, una gran similitud con las virtudes y miserias actuales. Desde el resentimiento de quien no puede superar su impotencia por lo que quiso y no pudo, y que se traduce en conductas envidiosas y de descalificación respecto a un semejante, hasta el desenchufe mental y social de quienes siempre han tenido todo servido en bandeja de plata y eso los hace incapaces de comprender el dolor ajeno, tal cual ocurrió entre el escritor decadente y el empresario exitoso.
