Por Dra. Paola Desiervi
Ansiedad funcional: cuando el cuerpo sostiene lo que la mente ya no puede
Como planteaba la Lic. Constantino en su columna, la ansiedad funcional suele esconderse detrás de una persona que aparentemente “puede con todo”: trabaja, estudia, organiza y responde mensajes. Desde afuera puede verse como alguien eficiente. Sin embargo, detrás de esa funcionalidad muchas veces existe un costo silencioso.
Desde la psiquiatría, una de las preguntas más importantes no es solamente cuánto logra hacer una persona, sino a qué costo está sosteniendo ese rendimiento.
El riesgo de la ansiedad funcional es que permite seguir avanzando, pero a costa de vivir en estado de alerta.
Muchas personas llegan a la consulta cuando ya no recuerdan cómo descansar. Incluso durante vacaciones o fines de semana sienten culpa por detenerse. Otras siguen siendo productivas, pero comienzan con síntomas físicos persistentes: tensión muscular, bruxismo, cefaleas, molestias digestivas, palpitaciones o insomnio.
Lo que ocurre en el cuerpo
La ansiedad funcional no es solamente una experiencia psicológica. También es un fenómeno biológico.
Cuando el cerebro interpreta que debe mantenerse permanentemente alerta, activa mecanismos diseñados para responder a amenazas reales. Aumentan la adrenalina y el cortisol, hormonas que permiten concentrar energía, reaccionar rápido y sostener el rendimiento.
El problema aparece cuando este estado deja de ser transitorio y se convierte en la forma habitual de funcionamiento.
A corto plazo muchas personas sienten que rinden más. Pero con el tiempo esta hiperactivación puede alterar el sueño, afectar la memoria y la concentración, aumentar la irritabilidad y dificultar la recuperación física y emocional.
Desde la Psiconeuroinmunoendocrinología (PNIE), entendemos que sistema nervioso, sistema inmune, sistema endocrino y emociones forman parte de una misma red. Por eso, cuando la ansiedad se vuelve crónica, el impacto no se limita al ánimo: también repercute sobre el cuerpo.
Uno de los primeros lugares donde se observa este desgaste es en el descanso. La persona está agotada, pero no logra desconectarse. Se acuesta cansada y la mente sigue repasando pendientes. El cuerpo intenta descansar, pero el cerebro permanece en modo alerta.
¿La solución es la medicación?
Otro error frecuente es intentar resolver la ansiedad mediante la automedicación.
No es raro escuchar frases como: “tomé el clonazepam que usa mi mamá” o “me dieron unas gotas que toma una amiga cuando está nerviosa”.
Sin embargo, los ansiolíticos no son inocuos. Utilizados sin supervisión médica pueden generar tolerancia, dependencia y retrasar una evaluación adecuada.
Cuando la ansiedad se vuelve persistente, el objetivo no suele ser simplemente sedar a la persona, sino ayudar al sistema nervioso a recuperar regulación. Por eso, cuando se requiere medicación, frecuentemente se utilizan fármacos como los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS), que ayudan a disminuir la vulnerabilidad biológica a la ansiedad.
En muchos cuadros de ansiedad, los mejores resultados se observan cuando se combinan abordajes: psicoterapia, cambios en hábitos de vida y, cuando está indicado, tratamiento farmacológico. No se trata de elegir entre “hablar” o “medicar”, sino de construir un plan integral según cada persona.
Consultar a tiempo
La ansiedad funcional suele pasar desapercibida porque quien la padece continúa cumpliendo con sus responsabilidades.
Pero funcionar no siempre significa estar bien.
El objetivo del tratamiento no es apagar a la persona ni reducir sus capacidades. Es lograr que deje de vivir permanentemente en modo supervivencia.
Porque el verdadero bienestar no consiste en hacer más, sino en poder descansar sin sentir que todo se va a derrumbar.

Paola Desiervi Quiroz
MP 30937 ME 20266
