Nota de Tapa
Bailar para encontrarse: la historia de Natalia Altamira
De aquellos primeros pasos en la Sociedad Sirio Libanesa a los escenarios de Egipto, una bailarina y docente de Río Cuarto cuenta cómo la danza árabe se convirtió en una forma de vida, de enseñanza y, sobre todo, de conexión con el propio cuerpo.
Hay historias que empiezan mucho antes de que uno pueda ponerles un nombre. La de Natalia Altamira comenzó cuando era apenas una niña, entre espectáculos vistos de la mano de su mamá, los recuerdos de vacaciones y los primeros sonidos de una música que, todavía sin saber por qué, la transportaba a otro lugar. Con el tiempo, aquella fascinación infantil se transformó en una vocación, después en un oficio y finalmente en una manera de mirar la vida.
Natalia llegó a la danza árabe desde muy pequeña, en una familia vinculada a la Sociedad Sirio Libanesa. Primero conoció el dabke y, casi al mismo tiempo, las danzas españolas. Pero cuando el boom de la danza árabe comenzó a crecer y volvió a las salas de la institución, algo hizo clic. Tenía apenas ocho o nueve años. La música fue la puerta de entrada y también, muchos años después, sigue siendo uno de los lugares donde encuentra sentido.
“Me enamoré de la música, de la música sobre todo. Para mí toda la vida es música”, recuerda. Habla de los sonidos como una experiencia capaz de llevarla lejos, de despertar sensaciones antes incluso de comprender las palabras. “¡Y no paré más!”, resume, con la emoción intacta de aquella niña que descubría una pasión.
¿Cuándo sentiste que la danza se había convertido en tu vida?
“Yo quiero dar clases, yo quiero bailar toda mi vida porque es lo que me hace feliz, es lo que me llena el alma.”
La pasión dejó de ser solamente personal cuando tenía 14 o 15 años y comenzó a dar clases casi de manera improvisada. Era muy joven y sus primeras alumnas eran mujeres bastante mayores que ella. Sin embargo, descubrió algo que cambiaría su camino: también le gustaba enseñar.
“Lo que me gustaba en ese momento era poder transmitirles lo que yo sabía, lo poquito que yo sabía, transmitírselo a otras personas. Eso me encantaba”. Ese descubrimiento trajo una nueva responsabilidad. Si quería transmitir lo que sabía, tenía que aprender más. Viajó con su mamá a Córdoba y, más adelante, con sus compañeras a Buenos Aires, muchas veces cada quince días, para formarse con maestros y escuelas que entonces eran referencia. En el camino quedaron fiestas de 15, juntadas y parte de la adolescencia. Pero ella sabía que era para un bien mayor.
La decisión definitiva llegó después del secundario. Comenzó a estudiar Comunicación en la universidad, aunque internamente sabía que ese no era su lugar. Dos años después se animó a dejar la carrera y elegir la danza, aun con el descontento inicial de su familia.
“No es esto lo que yo quiero. Yo quiero dar clases, yo quiero bailar toda mi vida porque es lo que me hace feliz, es lo que me llena el alma”. Mirado desde hoy, ese momento aparece como una confirmación: había elegido una identidad.
Para mí, bailar no puede reducirse a aprender una coreografía o ejecutar correctamente un movimiento. La danza árabe es vitalidad, energía y emoción. Hablo de movimientos circulares, de una energía femenina entendida no como una cuestión de género, sino como una forma de energía corporal. El vientre, la creación, el movimiento y la música forman un lenguaje que se completa con la intuición.
Por eso también insisto en estudiar. Para interpretar una danza de una cultura diferente, considero fundamental conocer su historia, sus músicas, sus estilos y sus contextos. La letra de una canción, los instrumentos que aparecen y hasta el lugar de origen de quien la interpreta pueden cambiar por completo la manera de bailar una pieza.
En mis clases esa mirada se vuelve una herramienta pedagógica. Cuento anécdotas, investigo letras y consulto incluso a amigos egipcios cuando necesito comprender una expresión. Mi objetivo es que mis alumnas no repitan movimientos de manera automática, sino que entiendan aquello que están representando.
¿Qué buscás transmitir más allá de la técnica?
“El respeto por la danza, el respeto por la cultura, el respeto por los cuerpos.”
Con los años fui construyendo una manera propia de enseñar. La técnica sigue estando, pero no ocupa todo el espacio. También importa cómo se transmite, cómo se escucha a cada cuerpo y qué necesita cada alumna. Para mí, una clase puede ser mucho más que una hora y media de pasos y secuencias: puede ser el único momento de la semana en que alguien se dedica a sí misma.
Ese respeto también significa adaptar la exigencia. No todos los cuerpos pueden hacer lo mismo ni necesitan llegar al mismo lugar. Yo observo a cada alumna, reconozco sus posibilidades y trato de acompañar su proceso. La escuela fue creciendo de a poco y hoy me produce una enorme gratitud que tantas mujeres elijan estar allí por decisión propia.
La escena aparece como una consecuencia posible, nunca como una obligación. Hay alumnas que llegan convencidas de que jamás se subirán a un escenario y, con el tiempo, terminan preguntando por el vestuario. Para mí, ese pequeño cambio ya es una victoria. Verlas bailar, disfrutar y compartir con sus compañeras vale tanto como cualquier presentación.
En ese proceso aparece uno de los ejes más emocionales de mi enseñanza: la relación con el propio cuerpo. En el salón hay un espejo enorme y propongo aprender a mirarse. No se trata de perseguir un cuerpo determinado, sino de empezar a habitar el propio con mayor comodidad. La evolución puede ser mínima: pasar de una ropa muy holgada a una calza, después maquillarse, peinarse o simplemente animarse a ocupar espacio.
Yo lo llamo empoderamiento en un sentido concreto: sentirse linda, mirarse y reconocerse. “Este es el verdadero empoderamiento”. La danza puede transformar la relación que una mujer tiene consigo misma, independientemente de su edad o de su cuerpo.
¿Qué lugar ocupa la conexión con el cuerpo?
“La conexión con el cuerpo y el cuidado del cuerpo, para mí es un rol principal en las clases.”
La confianza aparece entonces como una pieza central. Para las alumnas tímidas, propongo incluso crear un “alter ego”: un personaje que existe sobre el escenario y que permite dejar afuera, al menos por un rato, los miedos relacionados con la mirada ajena. La panza, la celulitis, las marcas o aquello que cada persona considera un defecto dejan de ser el centro. Arriba del escenario tiene que aparecer otra cosa: el arte.
Todavía existen muchos prejuicios. Reconozco que a veces me los tomo en broma, pero también lucho contra ellos. La danza árabe suele quedar reducida a un cuerpo semidesnudo, un pañuelo con monedas y el movimiento de las caderas. Para mí, esa imagen deja afuera una diversidad enorme de estilos y expresiones.
También cuestiono la mirada que convierte a la mujer en objeto en lugar de verla como artista. La respuesta está en mostrar. Cuando el público presencia una presentación y descubre una danza diferente, aparecen otras preguntas y otras miradas. Lo que parecía sexualizado se revela como cultura, historia y arte.
Yo misma soy una mujer de cuerpo grande y he atravesado los cambios de la maternidad. También recibí comentarios sobre mi apariencia. Sin embargo, siempre elegí ponerme el vestido con el que me siento cómoda y salir al escenario. Allí, el cuerpo deja de ser observado desde sus supuestos “defectos” y comienza a contar otra historia.
¿Qué te gustaría que la gente descubriera sobre la danza árabe?
“Todos los cuerpos pueden bailar.”
Después de tantos años, la danza también me enseñó algo que no siempre resulta sencillo: esperar. Siempre les digo a las chicas que esta danza no es para ansiosos. Un movimiento que hoy sale pequeño, mañana puede salir un poquito más grande y con el tiempo termina creciendo. A mí la profesión me enseñó a esperar paciente.
Esa idea volvió con fuerza después de un reciente viaje a Córdoba, donde participé de un gran espectáculo convocado por un productor de México y llevé a un grupo de mis alumnas. Allí sentí que algunas cosas que parecían lejanas podían hacerse realidad.
“Sí podemos, sí se puede todo”.
Pero si hay un viaje que ocupa un lugar especial en mi historia es el que hice a Egipto en 2019. Ya había participado en experiencias internacionales en China y Brasil, pero Egipto fue diferente. Sentí que estaba en un lugar conocido, casi como si ya hubiera estado allí. Bailé en escenarios egipcios y recibí felicitaciones de maestros locales por lo que había representado. Para mí, eso fue un momento enorme.
Uno de los momentos que guardo con más fuerza ocurrió en Abu Simbel, frente a uno de los grandes templos egipcios. Allí bailamos junto al templo. Esa experiencia me la voy a guardar para toda la vida en el centro del pecho. Fue una conexión con la historia y con la energía del lugar que había alimentado durante tantos años mi pasión.
¿Qué significó Egipto para vos?
“Viajar a Egipto a mí me cambió la vida. La vida y la visión.”
Hoy miro hacia adelante sin dejar de reconocer los límites concretos. Tengo proyectos, invitaciones y sueños, pero aprendí a elegir. La economía, los tiempos y las posibilidades hacen que no todo pueda hacerse al mismo tiempo. Por eso prefiero ir “un día a la vez”. Entre mis próximos objetivos está la tradicional muestra de fin de año y, sobre todo, un sueño que vuelve una y otra vez: llevar a mis alumnas a Egipto.
No quiero que ese viaje sea solamente turístico. Quiero que ellas vean con sus propios ojos aquello que durante años les conté en clase: la gente caminando, los mercados, las conversaciones en la calle, la música y, por supuesto, la danza. Quiero que conozcan la cuna de una cultura que estudian desde lejos y que puedan vivirla en primera persona.
“Quiero hacer ese viaje con ellas y lo vamos a hacer. Sé que lo vamos a hacer”. La frase tiene algo de promesa y algo de declaración de principios: la misma paciencia que aprendí en la danza convive con una certeza profunda de que los sueños, cuando se trabajan con constancia, pueden acercarse.
Tal vez por eso mi invitación para quien nunca bailó sea tan sencilla como contundente: que deje la vergüenza afuera. Que se anime a probar. Que descubra, de a poco, todo lo que el cuerpo puede hacer. No hace falta pensar en un escenario, ni en un vestuario, ni en cumplir con una imagen. Primero está la experiencia de moverse, de encontrarse y de compartir.
En la escuela hay niñas pequeñas, adolescentes, mujeres adultas y alumnas que superan los 60 e incluso los 80 años. Hay distintos niveles, distintos cuerpos y distintas necesidades. Para cada una intento construir un lugar posible. Porque, después de toda una vida bailando, mi convicción vuelve al principio: la música puede llevarnos a otro lugar, pero muchas veces ese lugar está, justamente, dentro de nosotros.
Y allí, entre un movimiento y otro, entre una clase, un escenario y un viaje soñado, sigo haciendo lo que descubrí de niña: bailar. Solo que ahora también acompaño a otras personas para que encuentren su propia forma de hacerlo.






