Por Dra. Paola Desiervi
Adolescencia hoy: ¿cuándo deja de ser una etapa y se convierte en un problema de salud mental?
La adolescencia es, por definición, una etapa de intensidad. Cambios emocionales, búsqueda de identidad, necesidad de pertenecer. Nada de esto es patológico en sí mismo, de hecho, es esperable.
Como lo comentaba la Lic. Constantino en la columna previa, hoy los adolescentes construyen su identidad en un entramado donde lo presencial y lo digital se entrelazan, sin una frontera clara entre ambos. Este contexto amplía las experiencias, pero también aumenta la exposición, la comparación y la exigencia.
En la práctica clínica, esto se traduce en una pregunta frecuente en las familias:¿Esto es parte de la adolescencia… o hay algo más? La respuesta no siempre es obvia.
Cuando el malestar deja de ser transitorio
En psiquiatría no miramos solo qué le pasa al adolescente, sino cuánto dura, con qué intensidad y qué impacto tiene en su vida cotidiana. Algunas señales que merecen atención:
– Cambios sostenidos en el estado de ánimo (irritabilidad, tristeza, apatía)
– Alteraciones del sueño
– Aislamiento social progresivo
– Bajo rendimiento escolar
– Cambios en la alimentación o la imagen corporal
– Conductas impulsivas o de riesgo
– Autolesiones o expresiones de desesperanza
No se trata de episodios aislados, sino de la persistencia y el deterioro que generan.
Lo que más vemos hoy en consulta:
– Ansiedad, muchas veces ligada a la autoexigencia y la exposición social
– Depresión, que en adolescentes suele expresarse como irritabilidad o desconexión
– Trastornos de la conducta alimentaria
– Uso problemático de pantallas, con impacto en el sueño y los vínculos
– Inicio en el consumo de sustancias, generalmente en contextos sociales, que puede volverse problemático cuando se repite o funciona como forma de aliviar malestar
Esto no implica que todos los adolescentes estén enfermos, sino que algunos no están logrando procesar lo que les pasa sin ayuda.
El rol de los adultos: detectar sin invadir
El desafío es encontrar el equilibrio entre no patologizar lo esperable y no minimizar lo importante. En la práctica, vemos con frecuencia que algunos cambios se interpretan como “propios de la edad” y eso puede demorar una consulta necesaria. Por ejemplo, un adolescente que se aísla, deja de ver a sus amigos o baja su rendimiento escolar muchas veces genera la expectativa de que “ya se le va a pasar”.
Y a veces sí. Pero otras veces no.
Cuando eso ocurre, no es raro que aparezca después cierta culpa en los padres por no haber consultado antes o no haber leído las señales a tiempo. Por eso, me parece importante tener presente que consultar siempre es válido y no necesariamente termina en un psicofármaco, a veces una entrevista con un profesional sirve para orientarse sobre qué es esperable en ese momento evolutivo y qué merece una mirada más atenta.
“No todo es ‘la edad’. A veces, consultar a tiempo hace la diferencia.”
Existe a veces a nivel social la idea de que consultar es solo para casos graves. En la práctica, suele ser al revés. Consultar a tiempo permite intervenir antes de que el malestar se cronifique, y muchas veces facilita procesos más breves y efectivos.
No perdamos de vista que la adolescencia sigue siendo una etapa de transformación, no de enfermedad. Pero en el contexto actual, algunas experiencias emocionales pueden intensificarse al punto de necesitar acompañamiento. La diferencia no está en que haya malestar, sino en si ese malestar empieza a limitar la vida. Ahí es donde vale la pena mirar un poco más de cerca.
Paola Desiervi Quiroz
MP 30937 ME 20266
