Por Florencia Compagnucci

Mejor sí hablar de ciertas cosas

Me resulta algo inquietante pensar en el  silencio con el que muchos adultos observan —o más bien dejan de observar— a los adolescentes. Ellos están ahí, sentados en la mesa, encerrados en sus habitaciones, caminando por los pasillos de la escuela. Están,claro que están , pero no terminamos de verlos. Como si hablaran en una frecuencia que ya no sabemos,no queremos o no podemos sintonizar.

En los últimos días, el estremecedor caso del adolescente que ingresó armado a un colegio de Santa Fe volvió a sacudirnos y a poner en evidencia un montón de cuestiones que están silenciadas ( o no conviene que se hablen). La reacción inmediata suele buscar culpables rápidos: la violencia en los videojuegos, las redes sociales, la “generación de cristal”, la falta de disciplina, la escuela que no es capaz de identificar estos tipos de casos, etc. Culpables rápidos, soluciones y respuestas fáciles.  Pero pocas veces la pregunta se vuelve incómoda de verdad: ¿cuánto sabemos, en serio, de lo que sienten nuestros chicos?

Es cierto que los videojuegos ocupan un lugar central en la vida de muchos adolescentes. Son espacios de pertenencia, de competencia, de escape. Como cualquier lenguaje cultural, pueden influir, pero reducirlos a una causa directa de la violencia es simplificar un problema mucho más profundo, me parece a mí(aunque no les quito mérito). Millones de jóvenes juegan todos los días sin que eso derive en conductas destructivas. Entonces, ¿qué diferencia a unos de otros? La respuesta rara vez está en la pantalla, sino en lo que ocurre cuando esa pantalla se apaga.

Ahí es donde aparece la verdadera cuestión: la presencia adulta. No la presencia física, distraída o automática, sino la presencia real, esa que escucha sin apuro, que pregunta sin juzgar, que detecta cambios sutiles en el ánimo. Acompañar no es controlar ni invadir; es construir un vínculo donde el adolescente no tenga que gritar —o actuar de forma extrema— para ser visto.

Muchos chicos crecen sintiendo que sus emociones son demasiado intensas, demasiado incómodas o simplemente irrelevantes para los adultos. Se refugian entonces en mundos donde sí encuentran reconocimiento, aunque sea virtual. Y cuando ese refugio se vuelve el único lugar posible, el aislamiento empieza a hacer su trabajo silencioso.

El caso de Santa Fe no debería ser solo una noticia más en la cadena de tragedias que nos conmueven por unos días. Debería ser un espejo incómodo. No para señalar culpables fáciles, sino para revisar nuestras ausencias. Porque la violencia no aparece de un día para otro: se gesta en la soledad, en la falta de escucha, en la desconexión afectiva.

Me parece que, tal vez, el desafío más urgente no sea limitar pantallas, sino ampliar miradas (aunque limitar pantallas también debería estar en nuestras listas de cosas por hacer),pero tenemos que volver a ver a los adolescentes como lo que son: personas en construcción, atravesadas por emociones intensas, necesitadas de guía, pero sobre todo de compañía. Basta ya de cursos baratos que pretenden enseñarnos en una semana “cómo hacer que mi hijo adolescente hable conmigo” y empecemos más a confiar en nuestros instintos, a trabajar en nosotros mismos para entender de una vez por todas que podemos ser reemplazables en cualquier puesto, menos en el de ser madres y padres y, sobretodo, empecemos a confiar en nuestros hijos para que ellos confíen en nosotros para poder acompañarlos desde un lugar real y no virtual. Por supuesto que estar presentes no garantiza que no ocurran tragedias, pero sin duda reduce el terreno fértil donde estas crecen.

Mirarlos, escucharlos, estar ahí. Parece simple, pero en tiempos de distracciones permanentes, es quizás el acto más revolucionario que podemos hacer como adultos.