Por Alberto Sánchez
Comandancia de fronteras
Días atrás, conversando con Ernesto, un amigo, admitió que no conoce el Museo Histórico Regional. Adujo que el pasado de Río Cuarto no le interesa y sólo lo moviliza lo que está por venir.
Prefirió hablar de los nuevos restaurantes y casas de comida, me hizo saber que ya hay 446 torres de departamentos, hizo mención a todos y cada uno de los locales de ropa en el shopping La Ribera y, con indisimulado orgullo, me habló de los barrios residenciales abiertos y cerrados que proliferan como hongos, especialmente hacia el oeste del radio urbano, epicentro del avance de la construcción.
Se quejó por la invasión de bolivianos, acaparando literalmente el comercio céntrico. “Primero fueron los coreanos, hasta que los chinos los corrieron y ahora son bolitas los dueños de calle Rivadavia y buena parte del bulevar”, balbuceó al borde de las lágrimas.
Le pregunté si no se sintió tentado de llevar al museo a alguno de sus nietos y ni siquiera respondió. Intenté vanamente hacerle entender el rol fundamental que tuvo la comandancia de fronteras, límite geográfico y militarmente estratégico entre la “civilización y barbarie”, como sostiene la controvertida y discutida historia oficial. “¿Sabés una cosa?, me aburrís”, dijo. Y se fue.
Como mi amigo es la excepción que confirma la regla, les arrimo algunos datos ilustrativos, para que compartan en ronda de mate, referidos a la casona de Alvear y Fotheringham, que de paso sea dicho, fue declarada en 1975 Monumento Histórico Nacional.
Todo comenzó más o menos así: en 1784 el marqués sevillano Rafael de Sobre Monte y Núñez asume la Gobernación Intendencia de Córdoba del Tucumán. (Si estos personajes viviesen hoy, qué difícil sería incluir la chorrera de nombres en el carné de conducir).
Ante los reiterados ataques que sufría la frontera del Río Cuarto, adopta el criterio de reunir a los vecinos dispersos por los campos en una población formal. En paralelo, el trazado urbano se había diseñado ex profeso con calles y veredas angostas para facilitar el armado de barricadas cuando se producían los ataques del malón.
Después de reconocer personalmente el terreno, el 11 de noviembre de 1786 ordena la formación de la Villa de la Concepción del Río Cuarto, que desde su inicio fue punto de contacto, encuentro y conflictos con los pueblos ranqueles, pampas, mapuches y comechingones. Ya en la etapa de la Confederación, además del conflicto por el territorio y el ganado, hubo varios intentos por concertar acuerdos.
Tras la caída del gobernador bonaerense Juan Manuel de Rosas, derrotado en la batalla de Caseros por el entrerriano Justo José de Urquiza, Córdoba promovió la llegada de inmigrantes y una política de colonización que posibilitó un fuerte crecimiento poblacional.
Historiadores resaltan que la “ubicación privilegiada de la villa en el cruce de caminos entre el Río de la Plata y el Océano Pacífico y su rol de vanguardia de la avanzada del Estado sobre los territorios indios, la convirtieron en un sitio estratégico que sentaría las bases para la fundación del Imperio, como se conoce coloquialmente a Río Cuarto, mote impuesto por el gobierno provincial, harto de las continuas rebeldías y desobediencias a sus dictámenes por parte de los riocuartenses.
Pero volvamos a la Comandancia de las Fronteras Sur y Suroeste. Es importante destacar que tuvo una importancia central; esta propiedad, que perteneció en su origen al señor Ordóñez Villalba, pasó posteriormente a su yerno, el general Ignacio Hamilton Fotheringham, quien participó de la Conquista del Desierto y la Guerra del Paraguay y fue el primer gobernador del Territorio Nacional de Formosa.
Se trata de un inmueble con patios de estilo italianizante de mediados del siglo XIX al que, como es de rigor en esta tipología, se ingresa a través de un zaguán.
La fachada -me remito a lo que ya fue escrito- “exhibe cuatro aberturas con arcos de medio punto y está ritmada por pares de pilastras corintias, rematando en un pretil con balaustrada”.
Los arquitectos, devotos del lenguaje almibarado para describir todo, explican que el edificio “conserva el gran patio central con galería de columnas de hierro fundido unidas por tiras de cenefas decoradas. Hacia la esquina de la calle Alvear se generó una plazoleta y se horadó la medianera, creando una fachada de similar lenguaje al del frente principal”.
Tiempo atrás, el coordinador del Archivo Histórico Municipal, Omar Isaguirre, comentó a diario Puntal, que en el Museo se reunieron, planificaron y vivieron las más importantes presencias militares que hubo en Río Cuarto.
Acerca de la trascendencia alcanzada por la Comandancia, opinó que aquellos tiempos fueron “de ominosa soledad y olvido para la Villa de la Concepción de Río Cuarto. El establecimiento de la Frontera Sur de Córdoba y su creación, reubicaron en el mapa del país a nuestra región”.
“Fue una necesidad de estrategia militar, básicamente”, dijo y agregó que “la llegada y radicación del coronel Lucio V. Mansilla, sumadas a la célebre excursión de 1870 y los acuerdos logrados con la Nación Ranquel, pusieron en trance de una nueva era de crecimiento a la población de Río Cuarto y a su entorno, con mucho de sufrimiento, tragedia y constancia”.
En cuanto a qué funcionó específicamente en Alvear y Fotheringham, aclaró que fue la sede administrativa de la Comandancia. “No el cuartel militar ni las barracas de las tropas, que estaban en otro lugar, al sur de la Villa”. A la vez, manifestó, “ofició como residencia habitual del jefe, a partir de que la casa fuera alquilada por el Estado, en 1868, para semejante finalidad”.
La propiedad, en rigor, se construyó sobre un gran baldío, cinco años antes. Mucho más modesta que la actual.
No obstante, las más importantes figuras castrenses se reunieron, planificaron o vivieron allí, por casos: los tenientes generales Julio Argentino Roca y Eduardo Racedo y el coronel Antonino Baigorria, fallecido en nuestra ciudad en 1916, entre otros, hasta que pasó a la familia de los Ordóñez-Fotheringham como casa familiar.
Preguntado Isaguirre por qué se la definió como espacio para acoger al Museo, puntualizó que “la idea es de vieja data, con suerte adversa. Ya en 1945 hubo un proyecto del historiador Alfredo Vitulo, sin prosperar. Después, el Museo construido en el Colegio Nacional, naufragó con ignominia en 1955”.
Hasta que, en 1963, sobre un sueño de José Bozzano y su colección arqueológica personal, fue establecido en la Trapalanda. La creación de la Junta de Historia, en 1966, trajo consigo gestiones lentas e intensas para lograr el reconocimiento de la vieja casona militar como lugar apropiado. Más de una década transcurrió hasta comenzar los trabajos.
Si es o no el edificio más antiguo que queda en pie, indicó que así está considerado. De sus cimientos de 1866 algunos permanecen y la gran reforma estética de los Fotheringham de 1911, sobrevino a duras penas. Esos muros fueron recuperados y restaurados hasta llegar a la inauguración del Museo en 1981. Yoli Martini figura como la primera directora del mismo. Fernando Bertolone era el intendente municipal.
Para Isaguirre, “con mucha nobleza ha cumplido su cometido de mostrar y enriquecer su valioso patrimonio. La casa del Museo Regional fue y es un referente de nuestro espacio común. Es lo que tenemos, sin desnaturalizarla. La casona ha sobrellevado contradicciones y las distintas miradas sobre hechos que nadie puede, ni debe, negar u ocultar que sucedieron. Cambiarle el sentido no llevaría a preservar la verdad para los tiempos”, rubricó.
Y como bien lo sintetizó la declaratoria de la ley 21238, que la declaró Casa Histórica, este es un museo “que conserva un patrimonio tangible y un patrimonio intangible, un recinto que guarda voces, pasos, aromas, miedos y arrojos que nos constituyen como ciudad, que conforman nuestra historia como comunidad”.
De igual modo, debemos recordar que fue asiento de la Comandancia de las Fronteras de Córdoba, San Luis y Mendoza, ejercida por el Gral. Roca; domicilio particular del Cnel. Lucio V. Mansilla y hogar hasta su muerte del Gral. Fotheringham.
A título informativo, el Museo propone un recorrido histórico distribuido en cinco salas temáticas:
SALA 1: PUEBLOS ORIGINARIOS: El poblamiento americano y los pueblos originarios del suroeste de Córdoba
SALA 2: COLONIZACIÓN: La etapa colonial; la conquista y la colonización; el gaucho y la fundación de la Villa-Ciudad de Río Cuarto
SALA 3: LA CASONA: Sede de Comandancia de Frontera Sur y la Campaña del Desierto
SALA 4: INMIGRACIÓN: La Inmigración; sus consecuencias sociales; la vida en la ciudad y en el campo
SALA 5: HÉCTOR OTEGUI: Exposiciones Temporarias.
Volví a la carga tratando de que mi amigo desistiera de su terquedad frente a la historia local. Leí en voz alta estos datos del Museo, pero apuró el café y salió disparado del bar a pispiar la vidriera de un negocio de ropa recién habilitado.
Lo corrí y le tiré otro dato: entre 1944 y el inicio de la década del ’70, sobre calle Fotheringham –ver foto- asentó sus reales Hospedaje Lalo, que según afirman, era un albergue transitorio. Pero tampoco le despertó interés conocer los pormenores.
