Por Alberto Sánchez

FESTIVAL DE RUIDOS

En Rio Cuarto, durante la década del 60, los automovilistas hacían sonar la bocina al llegar a cada esquina. Los porqués se han ido diluyendo en mi mente, pero supongo que era la manera más usual de indicar la prioridad de paso por la derecha.

A pesar de los tit tit tit multiplicados por cientos, no era agresivo a los oídos porque el sonido duraba un instante, luego cesaba.

En Bagdad, capital de Iraq, reinaban los bocinazos incesantes allá por los años 80. En cada intersección, para saludar a un conocido, pedir paso o porque sí, este tipo de bochinche alteraba la paciencia todo el día. Al parecer, es un ADN que se repite en todos los países árabes.

En La Cumbrecita cordobesa los automóviles deben estacionarse en el ingreso a la villa porque debe recorrérsela de a pie. Y en Copenhague, Dinamarca, el 56 por ciento de los habitantes utiliza la bicicleta para desplazarse. Cuenta para ello, claro está, con más de 400 kilómetros de ciclovías, semáforos propios para este tipo de rodados y hasta puentes de uso exclusivo.

Un panorama muy similar se verifica en las holandesas Amsterdam y La Haya, como también en Barcelona y otras ciudades europeas. Como se advierte, el ruido gratuito como manifestación violenta contra la sociedad, se ha podido reducir a la mínima expresión.

Pero hay muchas anomias más. El debilitamiento o pérdida de las normas legales y sociales que deberían regular nuestra vida en sociedad también se manifiesta en infinidad de otros sonidos perversos.

En forma constante, pero en versión corregida y aumentada de viernes a domingo, cruzan arterias céntricas modelos viejos de autos con el chasis bajo, luces multicolores en el frente y escapes libres cuyos conductores escuchan música muy popular a todo volumen. Lo hacen, imagino, como una manera de hacerse ver por féminas que, en su ilusión, suponen se arrojarán muertas de amor hacia el interior del coche.  

Sigo con el fin de semana, un paseo que jamás entenderé es la vuelta al perro. La gente recorre en auto el microcentro comercial. Como el embotellamiento es grande, lo hacen a paso de hombre. Por si fuera poco, las luces verdes y rojas del semáforo contribuyen a profundizar el caos.

En un momento dado, tras un primer bocinazo histérico, sobreviene un concierto que aturde. Y siempre concluyo preguntando lo mismo: si saben que este paseo genera tal despelote, ¿qué los lleva a meterse en esta caravana absurda?

Según el calendario de exámenes finales universitarios, se suma el festejo de los egresados trepados a pickups que, en rigor, es una violación constante y peligrosa de varias normas, comenzando por la más elemental: el respeto a la comunidad a la que van a comenzar a servir en breve.

“La falta de empatía hacia las personas, animales, adultos mayores, enfermos y leyes explícitas, no anticipa buenos aportes a la sociedad. Más bien, todo lo contrario”, rezonga criteriosamente Gustavo Víttori, de diario El Litoral.

Y como la feliz puntuación final del alumno puede suceder en horas de la siesta, hay que soportar el griterío infernal de los celebrantes que recorren el centro.

O el griterío pre pugilato beodo que acecha en las madrugadas de este Imperio que alberga demasiados bodegones céntricos de mala muerte, cuya única finalidad es emborrachar a imberbes ¡Y ni qué hablar del rugido de las motos de quienes trabajan en servicio de cadetería!

Para Víttori, la lista de los nocivos efectos del ruido sobre la salud, es larga. “Desde afectaciones auditivas de distinto tipo y grado, evalúa, a problemas de hipertensión, cardíacos, de estrés, psicológicos y cognitivos. De modo que hacer ruido excesivo a voluntad y de manera festiva, no es un chiste, perturba y perjudica a muchos, empeora cuadros clínicos de quienes padecen enfermedades e impactan negativamente sobre la calidad de vida del conjunto social”, subraya.

Por ese motivo, alerta, “los ruidos molestos están penados en todas las legislaciones evolucionadas del mundo y, en la nuestra, están normados a nivel nacional, provincial y municipal”, aunque poco y nada se verifica.

Antes, a nadie se le ocurría hacer ruido porque sí; simplemente no era considerada una alternativa en las sociedades civilizadas, es decir, aquellas que han logrado un grado de evolución superior al del grupo o la tribu, y se han convertido en organismos complejos por el número de personas y su convivencia en espacios urbanizados.

Para el colega, “la convivencia civilizada ofrece numerosas ventajas y posibilidades de desarrollo a quienes las integran, pero también plantea numerosos conflictos que genera la vida diaria en espacios compartidos. Por eso, las leyes, productos de la educación y la cultura, han sido sancionadas para corregir los desvíos a los que la naturaleza humana tiende y las modas negativas agravan”.

Esto viene a cuento por el verdadero festival de violaciones a las normas de convivencia que, a toda hora, producen, al son de sus bocinas de amplia gama sonora, iracundos que, además, insultan al automovilista que tienen delante, no bien han transcurrido centésimas de segundo desde que arrancó la luz verde del semáforo.

Entre tanto, la exhibición cotidiana de recurrentes quebrantos de las leyes vigentes deseducan a la sociedad toda, que día a día asiste a la violación de los preceptos, debilitados por prácticas que los contradicen, sin que a las autoridades se les mueva un pelo.

Lo peor es que la anomia, ese concepto al que con falsa preocupación los políticos suelen referirse en discursos y paneles, avanza con mayor velocidad y efectividad que el empeño que puedan poner conciudadanos con algún nivel de preocupación.

Según Víttori, “es hora de entender que la defensa del ambiente, que presuntamente preocupa en los diversos ámbitos, empieza por casa, por lo que nos queda a mano, lo que está próximo, y sólo depende de nuestra voluntad y el simple acto de ser consecuentes con lo que proclamamos. No en la lejanía de los foros internacionales a quienes muchos suelen asistir y citar, para luego agotarse en inconsistentes e inconducentes acciones de denuncia”.

Para no ser intolerante, entiendo, asumo y comparto aquellos ruidos y vocinglería que se producen en situaciones excepcionales, como ganar el Mundial de fútbol.

Así como después de tanta prédica en favor de los animales y gente que padece autismo, se avanzó mucho con la restricción de la pirotecnia, lamentablemente, ahora la AFA impuso la moda de apagar las luces de los estadios en los momentos previos al partido para que resalte la hermosura de…los fuegos artificiales ¿En qué quedamos?

A fines del siglo XIX, Carlos Vergara, uno de los precursores de la educación argentina, reconoció con dolor: “Los maestros han fracasado por haber enseñado a los niños, no a hacer el bien, sino a hablar sobre el bien…”, deformación que con el correr de las décadas se ha amplificado a todos los niveles.

Lo cierto es que parece que a nadie le importa estacionar en doble fila a la hora del ingreso y egreso en los colegios y misas de guardar, obstruir el acceso a las rampas, ocupar el espacio correspondiente a garajes, ómnibus urbanos y sanatorios, como tampoco acatar el horario de carga y descarga dinámica de vehículos con mercaderías.

Años atrás, a propósito de una encuesta con empresarios mercantiles, acerca de si respaldaban la iniciativa de transformar en peatonales permanentes a las calles General Paz, Colón-Rivadavia, Sobremonte y Vélez Sársfield, descarnadamente el propietario del comercio líder en zapatería me dijo que la idea era inviable porque la gente pretende, de ser posible, ingresar al local con su automóvil.

Ugarte tenía absoluta razón, es parte de la idiosincrasia riocuartense; sin embargo, sigo pensando que la vida en el casco céntrico sería mucho más saludable con buena parte de sus calles sin tránsito vehicular. Al menos, también evitaríamos crisparnos por las portentosas cornetas de los vehículos del ex Edecom que suenan todo el tiempo.