Por Florencia Compagnucci

Zambas con zapatillas: raíces que bailan en presente

Durante años se dijo (y creíamos quienes no somos “del palo”) que el folclore era cosa del pasado, un patrimonio casi exclusivo de adultos y adultos mayores, reservado para peñas de barrio o reuniones familiares donde el mate, el vino y la guitarra pasaban de mano en mano y quizás, algunos no tan tímidos, se animaban a una chacarera o un gato. Sin embargo, con el correr del tiempo, algo cambió y hoy el folclore volvió a ocupar un lugar central en la escena cultural argentina; pero lo más llamativo es que no lo hizo solo de la mano de la nostalgia, sino que fue impulsado por una nueva generación que lo abraza, lo resignifica y lo proyecta hacia el futuro.

Festivales emblemáticos y de larga trayectoria, como Jesús María y Cosquín, son una prueba contundente de este fenómeno. Basta con recorrer sus calles durante enero para ver a miles de jóvenes acampando, guitarreando hasta pasada la madrugada, bailando zambas y chacareras con la misma pasión con la que escuchan cualquier playlist en sus auriculares. Lejos de ser eventos anclados en el pasado, estos festivales se han convertido en espacios vivos, donde conviven las tradiciones más profundas y arraigadas (quizá polémicas y cuestionadas en algunos casos) con nuevas expresiones artísticas y miradas frescas, contemporáneas e innovadoras.

El Festival Nacional de Doma y Folclore de Jesús María, por ejemplo, sigue siendo un símbolo fuerte y poderoso del campo, del trabajo rural y de la identidad gaucha; aquella identidad plasmada en el tan querido Martín Fierro donde la voz del gaucho cuestionaba y peleaba por su reconocimiento y respeto; sin embargo, este festival es hoy un punto de encuentro generacional: jóvenes que crecieron en ciudades, lejos de la vida rural, se acercan a la doma y al folclore como una forma de reconectar con una raíz que sienten propia, aunque se la hayan vivido “de primera mano”. Cosquín, por su parte, continua siendo el escenario mayor, donde nuevas voces y fusiones encuentran el espacio para mostrarse, hablar, polemizar, divertir y expresar, sin perder el respeto por quienes abrieron el camino.

Este “regreso” del folclore entre los jóvenes no es casual (creo yo); en un mundo cada vez más globalizado, donde las tendencias culturales pretenden uniformarse, muchos buscan la identidad, la pertenencia, el sentido y el folclore nos ofrece eso: historias cantadas, danzas compartidas, costumbres que hablan de quiénes somos y de dónde venimos. No se trata solo de música; es una forma de habitar la cultura. Las nuevas generaciones no consumen el folclore de manera pasiva, sino que lo reinterpretan, lo fusionan, nos proponen nuevas letras que dialogan y ponen en jaque problemáticas actuales; artistas jóvenes que suben al escenario con bombos y guitarras criollas, pero también con una estética propia de su tiempo. Lejos de diluir la tradición, este cruce la mantiene viva.

Que el folclore esté vigente entre jóvenes y adultos es una gran señal de vitalidad cultural; es la confirmación de que las costumbres argentinas no son piezas de un museo, sino practicas que transforman y se transmiten. Mientras haya alguien dispuesto a cantar una zamba, a bailar un gato o a emocionarse en una noche de Cosquín, nuestra identidad seguirá buscando formas de expresarse. El folclore no volvió: nunca se fue. Simplemente estaba esperando que nuevas voces lo tomaran entre sus guitarras y lo hicieran latir más fuerte al ritmo de una Argentina que mira al futuro sin soltar sus raíces.