Durga Yoga

Volver a una misma

Paola Amaya encontró en el yoga mucho más que una práctica: descubrió una manera de escucharse, encontrar equilibrio y transitar la vida con mayor conciencia. Ese camino personal tomó forma en Durga Yoga, un espacio que nació desde el corazón y que hoy invita a otros a hacer una pausa, respirar y reencontrarse consigo mismos.

A veces, los grandes cambios comienzan de una manera sencilla. Con una necesidad, una búsqueda o ese deseo íntimo de volver a encontrarse. Para Paola Amaya, el yoga apareció justamente en uno de esos momentos: cuando necesitaba recuperar el equilibrio y conectar nuevamente con ella misma.

Al principio fue una práctica física. Sin embargo, con el paso del tiempo comenzó a descubrir todo lo que sucedía más allá del movimiento. El yoga se convirtió en una herramienta para vivir con mayor conciencia y serenidad, pero también en una forma diferente de mirar la vida. Cuando empezó a reconocer esos cambios en ella y en quienes la rodeaban, entendió que quería compartir ese camino con otros.

Así nació también Durga Yoga. A principios de este año, Paola abrió las puertas de un proyecto que llevaba consigo mucho más que el deseo de tener un estudio propio. Quería crear un refugio. Un lugar al que cada persona pudiera llegar tal como es, sin exigencias ni juicios; un espacio cálido en el que la calma, el bienestar y el crecimiento personal fueran protagonistas.

El nombre tampoco fue elegido al azar. Durga representa, para ella, la fuerza, la protección y ese poder interior que muchas veces necesitamos recordar que tenemos. Dentro de la tradición hindú simboliza el coraje para atravesar los desafíos y transformar las dificultades en aprendizaje. Una idea que inspira profundamente a Paola y que también atraviesa el espíritu del espacio que creó.

Detrás de este proyecto conviven, además, distintas facetas de su vida. Paola es profesora, emprendedora y mamá de tres niños. Reconoce que encontrar el equilibrio entre esos mundos no siempre resulta sencillo, pero también aprendió a dejar de lado la búsqueda de la perfección.

La maternidad le enseñó paciencia, flexibilidad y amor incondicional, mientras que el yoga le permite regresar al presente y encontrar su centro. Entre ambos universos fue comprendiendo algo que intenta llevar a cada uno de sus días: que las cosas encuentran su lugar cuando se hacen desde el corazón.

Y quizás esa sea también una de las razones por las que Durga Yoga tiene una impronta tan personal. Más allá de las posturas o del movimiento, Paola busca que cada clase sea un momento de encuentro. Que quien llegue pueda sentirse acompañado, escuchado y respetado en su propio proceso.

Allí no se trata de hacerlo mejor que alguien más ni de alcanzar una determinada exigencia. Se trata de respirar, escuchar el cuerpo y permitirse frenar por un momento el ruido cotidiano. La energía que Paola busca transmitir es tranquila, cercana y amorosa. Un espacio de contención donde cada persona pueda volver, aunque sea por un rato, a sí misma.

Desde que abrió sus puertas, hubo muchos momentos que la emocionaron. Pero hay algo que guarda especialmente: ver cómo quienes comenzaron a acercarse hicieron del estudio un lugar propio. Escuchar a alguien contar que llegó con estrés y se fue sintiéndose más liviano, o saber que encontró allí un espacio donde realmente se siente bien, representa para ella uno de los regalos más lindos de este camino.

Porque para Paola el bienestar emocional ocupa un lugar central. El movimiento importa, pero también aprender a escucharse, respirar y darse permiso para sentir. Por eso, su intención es que cada encuentro pueda cuidar no solamente el cuerpo, sino también la mente y el corazón.

El yoga, además, salió hace tiempo de los límites de una clase para acompañarla en su vida cotidiana. Una de las enseñanzas que más intenta practicar es la de habitar el presente y aprender a responder con calma antes de reaccionar. Algo que también busca transmitirles a sus hijos a través del ejemplo, junto con valores como el respeto, la empatía y la gratitud.

De cara al futuro, Paola imagina a Durga creciendo, pero sin perder aquello que le dio origen. Sueña con sumar propuestas, talleres y nuevas actividades, mientras continúa fortaleciéndose la comunidad que comenzó a formarse alrededor del espacio. Un crecimiento que no tiene que ver solamente con llegar a más personas, sino con seguir acompañando procesos y generando encuentros.

Para quienes todavía no conocen Durga Yoga, la invitación es simple: no hace falta experiencia, una edad determinada ni saber de antemano cómo hacerlo. Solo hacen falta ganas de empezar. Del otro lado de la puerta hay un lugar pensado para bajar el ritmo, respirar profundo y regalarse un momento propio.

Y si tuviera que resumir todo este recorrido en unas pocas palabras, Paola vuelve inevitablemente al origen de su historia: “El yoga es el camino que me enseñó a volver a mí, para vivir con más conciencia, equilibrio y amor”.

Quizás allí esté también el verdadero corazón de Durga Yoga. En comprender que volver a uno mismo no significa tener todo resuelto. Que no hace falta esperar el momento perfecto para comenzar ni hacer todo bien para sentirse mejor. A veces alcanza con detenerse una hora, respirar, escucharse y darse una nueva oportunidad.

Porque siempre se puede volver. Al cuerpo, a la calma, al presente. Y, sobre todo, a uno mismo.