Por Florencia Compagnucci

Florecer a Destiempo

Hay amores que llegan cuando uno está ocupado sobreviviendo. Y no sobreviviendo en el sentido dramático de las películas, no; sobreviviendo de verdad: tratando de entenderse, de (re) encontrarse, de pagar cuentas, de reconstruirse después de alguien, de aprender a estar solo sin sentir que el silencio es una amenaza. Y justo ahí, en medio del caos más poco cinematográfico posible, aparece alguien o siempre estuvo y mueve todo. Todo lo que creíamos tener controlado, ordenado y estabilizado.

Y claro, la vida, que tiene un sentido del humor bastante cuestionable, decide que no es el momento porque los amores a destiempo son así: aparecen cuando todavía hay heridas abiertas, cuando uno vive a kilómetros de distancia, cuando alguno no quiere enamorarse, cuando hay miedo, cuando hay otras historias siendo (o sin cerrar) o simplemente cuando dos personas sienten lo mismo… pero no pueden sostenerlo al mismo tiempo.

Es raro cómo algo puede sentirse tan correcto y tan imposible a la vez. A veces pienso que hay personas que llegan a nuestra vida solamente para enseñarnos lo que podríamos haber sentido en otro plano; como una especie de adelanto de algo que acá no iba a pasar. Y uno se queda con eso: con la sensación del “casi”: casi fuimos, casi coincidimos…Casi nos animamos. Pero el problema de los “casi” es que nunca terminan de irse.

Porque los amores imposibles tienen esa capacidad insoportable de quedarse viviendo en la cabeza mucho más tiempo del que vivieron en la realidad. A veces la historia real duró semanas, pero la emocional dura años. Porque la imaginación es peligrosa: completa vacíos, inventa escenas, mejora recuerdos y convierte mínimos gestos en señales del destino. Uno termina enamorándose no solo de una persona, sino también de todo lo que proyectó sobre ella. Y ahí empieza esa costumbre tristísima de dialogar con escenarios inexistentes. “Si me hubiera animado”. “Si hubiéramos coincidido antes”. “Si no hubiera tenido miedo”. “Si yo hubiera estado mejor”. Los amores imposibles viven llenos de condicionales, como si el verbo correcto siempre fuera el que no ocurrió.

Lo peor es que muchas veces ni siquiera fueron relaciones, sino que fueron posibilidades. Y las posibilidades, me atrevo a decirlo, duelen distinto porque no tienen cierre. No hay una gran pelea final, no hay portazos, no hay explicaciones contundentes. Solo queda una sensación rara, como de libro interrumpido; algo que no empezó del todo, pero tampoco terminó nunca.

Me da risa esto de “categorizar” al amor. Siguiendo con el orden,después de los “amores imposibles” pondría al amor no correspondido, que probablemente sea una de las experiencias más humanas que existen y también una de las más silenciosas porque casi nadie sabe qué hacer con el rechazo emocional o la imposibilidad del vínculo. No hay manual para aceptar que alguien a quien miras con ternura te mira apenas con simpatía, no te mira o no hay coincidencias algunas. Y entonces uno hace cosas ridículas. Se vuelve experto en el arte de la interpretación: analiza horarios de conexión como si fueran evidencia judicial; encuentra profundidad emocional en respuestas de dos palabras. Se aferra a pequeños gestos porque admitir la verdad sería aceptar que el sentimiento no es mutuo, no existe o vibra en otra sintonía. Hay algo profundamente doloroso en querer quedarse donde claramente no hay lugar para uno o no es el momento indicado. Pero el amor no correspondido tiene otra crueldad: hiere el ego y el corazón al mismo tiempo. Porque no solo duele no ser amado; también duele preguntarse por qué no alcanzó lo que uno daba o por qué no sucedieron los encuentros en otros tiempos. Y ahí aparecen las comparaciones, la inseguridad, la necesidad absurda de encontrar una explicación lógica para algo que, la mayoría de las veces, simplemente no la tiene.

La verdad incómoda es que no siempre hay un motivo. A veces alguien no te ama y ya: no porque no seas suficiente; no porque te falte algo; no porque otra persona sea mejor. Simplemente porque el amor no funciona como una recompensa al esfuerzo. Nadie se enamora por mérito, por insistencia o por sacrificio. Y aceptar eso puede ser devastador. Sobre todo porque crecimos escuchando que si uno lucha lo suficiente por amor, el amor eventualmente responde. Pero no. Hay batallas emocionales que no se ganan; solo se aprenden a soltar o a vivenciarlas desde otros lados. Igual, aunque duelan, esos amores dejan marcas extrañas y hasta importantes. Nos obligan a conocernos en versiones vulnerables que no sabíamos que existían. Nos muestran cuánto somos capaces de sentir. Nos enseñan qué cosas estamos dispuestos a esperar y cuáles ya no. Y aunque en el momento parezca injusto, con el tiempo uno entiende algo: no todas las personas que nos cambian están destinadas a quedarse de la forma en la que uno quisiera que se queden.

Algunas llegan solamente para abrir una puerta interna. Para desordenarnos emocionalmente. Para hacerte escribir mensajes larguísimos que nunca enviamos. Para convertir canciones normales en himnos personales. Para enseñarnos que todavía podemos sentir algo fuerte incluso después de habernos prometido no volver a hacerlo. Hay gente que se vuelve inolvidable sin haber sido nunca realmente nuestra. Y quizá esa sea la parte más triste y más hermosa del asunto: que algunos amores no existen para durar, existen para atravesarnos. Para aparecer en momentos inoportunos, hacernos creer durante un rato que el mundo tiene sentido y después irse o, tal vez no, dejando una mezcla rara de vacío, nostalgia y gratitud. Gratitud por lo vibrante que fueron, por lo maravillosos que nos hicieron sentir, por la sensación de estar vivos mientras lo transitábamos, y por permitirnos entender que somos valiosos e importantes, cuando creíamos que no lo éramos.

Porque sí, hay historias que no terminan bien. Hay personas que no vuelven. Hay sentimientos que no alcanzan. Pero incluso así, incluso cuando todo sale mal, hay algo profundamente humano en seguir apostando al amor…Aunque llegue tarde; aunque sea imposible; aunque no nos elijan de vuelta o aunque florezcan a destiempo… “ Es el amor imposible, tal vez, el más verdadero. Se ama porque se ama, sin interés y en secreto. Sólo sentir se entrega, sólo sentir se recibe. Y el sufrimiento ennoblece el alma de quien lo vive…Benditos sean por siempre los amores imposibles” ( Roldán Roberto, cantautor. “La enredadera y el ceibo”)