Por Alberto Sánchez

FEDERICO, EL FUNDADOR DE LA RELIGIÓN GÁNICA

Murió en 1992, a los 53 años. Fue un vanguardista enrolado en el dadaísmo de los años 60. Hijo de Federico y Adela González Balcarce y Bengolea, Federico Manuel Peralta Ramos, educado en el Colegio Cardenal Newman y tataranieto del fundador de la ciudad más linda del país, estudió Arquitectura, pero no se recibió.

Personaje de la más rancia aristocracia marplatense, pudo ser un profesional exitoso, calificado político o empresario brillante. Pero no, transitó la más pura bohemia: artista plástico, cantor, escultor y fundador de la religión Gánica, cuyo postulado sugería hacer siempre lo que uno tiene ganas, creer en el gran despelote universal, no mandar, no endiosar nada, regalar dinero y dejar a Dios tranquilo.

Transcurría la juventud con sus delirios y por eso también fue cantante, actor –quienes peinan canas seguramente recuerdan sus desopilantes diálogos con Tato Bores- y showman en reductos donde “iba a pensar en voz alta”, como lo retrató Jorge Asís.

«Tato yo estoy acá porque te quiero» le decía Federico en cada encuentro al gran humorista político, antes de recitarle con desparpajo un poema dadá y Tato hacía esas muecas de asombro de quien no entiende nada lo que dijo.

Peralta Ramos pintó como pocos a Buenos Aires desde su deambular. “Un tipo que no tiene que ver con nada ni con nadie, integrante de una bohemia que persiste a pesar de los terribles embates de la mediocracia”, apuntó Oberdan Rocamora.

 

Siempre con ideas rayanas en el absurdo, en una ocasión se compró un toro. “Fue en la Rural, yo no tenía un mango. Era bellísimo, un charolais blanco. Yo lo quería exponer como arte vivo; fui al Fondo Nacional de las Artes a gestionar un crédito para pagarlo, pero me lo negaron. Entonces, mi hermano Guido, el Caballero del Mar, fue a Bullrich y anuló la compra. Y un italiano, el año pasado, fue a la Bienal de Venecia y ganó con algo similar. Por eso digo siempre, acá se confunde talento con locura”.

Sostenía que quien se va de Buenos Aires se atrasa, por eso no me voy, es la gran ciudad latinoamericana y Latinoamérica es la tierra del futuro, Europa tiene muerte cultural, la metafísica nuestra se va a imponer y yo intuyo que en la década del 80 va a volver la creatividad porque se abren las puertas del acuario en el tercer milenio”.

Por Infobae me enteré que el periodista Esteban Feune de Colombi escribió una biografía, resaltando que “su legado es la libertad. Es decirte: salí, andá, podés, fíjate, es posible”. Y narró anécdotas estrambóticas, algunas de las cuales paso a reproducir:

Del infinito al bife es el libro zigzagueante que recoge testimonios de 150 entrevistados, familiares, artistas, galeristas, empresarios y personajes que lo conocieron. “Con muchos de ellos me junté en los mismos bares que Federico frecuentaba y generé un vínculo muy cercano, de modo que casi que hubiere heredado amigos de él”

“Es bastante loco eso. Me di cuenta que escribir una biografía es imposible, no llegás nunca al corazón de la cosa. Hay un verso que me gusta mucho del poeta Roberto Juarroz que dice ‘en el centro del vacío hay otra fiesta’. Es como si siempre le pegaras en el palo y eso es lo que está bien”, agrega.

Ahora citaré párrafos de sus contemporáneos. El galerista Osvaldo Centoira, recordando el velatorio, dijo: “Estaba nublado y lloviznaba. Lo velaron temprano en una de las habitaciones del departamento de la avenida Alvear del que no se había mudado cuando murieron sus padres. Lo vistieron impecable, impresionaba verlo así, de traje y corbata, porque parecía dormido”.

“Cuando trajeron el cajón, el cuerpo no cabía, intentaron de nuevo y nada, el gordo se había hinchado o tomaron mal la medida. La cuestión es que no había forma de meterlo adentro y se armó un despelote. Hasta último momento Federico nos regaló una instancia surrealista, hasta el último momento se rió de la sociedad”.

A propósito, Feune de Colombi recuerda que Federico se estaba muriendo y su hermano lo subió en el ascensor y ante la pregunta sobre adónde lo estaba llevando, le dijo que al CEMIC para internarlo. “No me llevés allí sino al Little Company of Mary, donde internaron a la Coca Sarli, fue la respuesta y, en rigor, sus últimas palabras.

El anecdotario incluye la construcción de un buzón ‘idéntico al de la esquina de La Biela’ (célebre bar top en los 60), que exhibió luego en una muestra y se lo vendió a la actiz Egle Martin diciendo ‘soy el único argentino que pudo vender un buzón’.

Concurría al consultorio del psiquiatra Jaime Rojas Bermúdez, quien lo trataba pacientemente por sus delirios, pero Federico en el trayecto se encontraba con amigos y los arriaba hasta el consultorio para que presenciaran la sesión, que todos sostenían que eran ‘geniales’

¿Y cuál fue el diagnóstico de tan singular paciente? Psicodiferente. De alguna manera el médico lo blindó porque pudo haberlo considerado maníaco-depresivo, obsesivo o psicótico y optó “por un estado al que pudo sanarlo, ayudándolo desde un lugar lingüísticamente a la altura de él”, afirma Feune de Colombi.

La última cena

Peralta Ramos se burló de la solemnidad de la beca Guggenheim. Fue en 1968 y ésta quizás sea su anécdota más popular. Una audaz revolución estética, dijeron muchos. Ganó la prestigiosa beca en la categoría Pintura y decidió invertir el dinero bajo la convicción de que “la vida es una obra de arte”. La idea original, la que presentó a la institución, era “lanzar al mar un inflable gigante que desparramaría buena voluntad por el mundo”. Pero cambió de planes.

Invitó a 25 personas a cenar al Hotel Alvear -lugar aristocrático si lo hay- y después a bailar a la boite África. Además, se mandó a hacer tres trajes y pagó algunas deudas, pero eso es lo de menos; el grueso del total estaba en la cena. Cuando la Fundación Guggenheim se enteró pidió que se le devolviera el monto de inmediato. Peralta Ramos les escribió una carta como respuesta, que hoy se exhibe en la sede de la fundación en Nueva York. “Ustedes me dieron esa plata para que yo hiciera una obra de arte, y mi obra de arte fue esa cena. Leonardo pintó La última cena, yo la organicé”.

Cuenta Guillermo Aquino que “en La Concepción, estancia de los Blaquier, Federico jugaba al polo y de pronto se bajaba del caballo para que no se cansara”. “Qué placer estar con él, no se parecía a nadie”, dice por su parte el artista Edgardo Giménez. Es que Peralta Ramos era muy querido por los que lo conocían y los que no también. Los que lo conocían, porque comprendían muy bien el grado de ese delirio literal, de ese delirio posible, de su genialidad. Y los que no -sobre todo la clase alta, a la cual él pertenecía; trabajo de hijo, solía decir- terminaban por ponerlo en una casilla más amigable, menos política: la de loco lindo.

No estaba loco, todo lo contrario. Para Ignacio Gutiérrez Zaldívar, “la mejor anécdota con él fue durante su última exposición, que hizo en 1989, en la galería Altos de Sarmiento, sobre la calle Libertad. Se trataba de un gran espacio donde no había obras. Federico vestía de traje y caminaba por la sala sin hablar”. “Había espejos en las paredes y lo que se exponía era, en realidad, el público”, completa Miguel Schapire. Esa tarde, Peralta Ramos rompió el silencio con un aplauso y dijo: “Señoras y señores, esta es mi exposición y ustedes son mi obra de arte”.

“Las etiquetas, los rótulos, las clasificaciones son maneras fáciles -reflexiona Feune de Colombi- de embolsar cualquier cosa: una cabeza, un pensamiento, una sensibilidad, un modo de ser, una tendencia. Y a Federico lo metían ahí porque era fácil. Empezaba en su propia clase, es decir, los que más lo trataban de loco lindo era los pares en términos de linaje. Los otros no. Te diría que con los artistas con los que hablé eran los que menos lo tildaban de loco lindo, porque seguramente también eran locos, aunque no sé si lindos”.

“Entonces creo que la primera justicia viene del riñón que a él más le interesaba que era el del arte. El otro riñón que le interesaba, el de la noche, el de los peripatéticos, el de los porteños que andan de bar en bar, el de los cabareteros, el de las coperas, tampoco lo trataban de loco lindo. Para ellos Federico era un gran personaje. Muchos no terminaban de entender que ese personaje que se movía por Mau Mau, Can Can, La Biela o La Rambla era el mismo en cualquier otra circunstancia. Vuelvo a lo que te decía sobre su literalidad: Federico es lo que es porque no hay otra cosa”, agrega.

El dadaísmo disruptivo de Peralta Ramos lo ha colocado entre los artistas conceptuales más importantes de América latina. En 1986 hizo La salita del Gordo, “una obra del futuro”, dice Feune de Colombi. En una sala vacía del Centro Cultural Recoleta puso una mesa, un póster y dos sillas. “Lo que hacía era recibir al público, se sentaban y conversaban. Que sus medios de ejecución hayan sido berretas o baratos no inhabilita que Federico sea un artista visionario y pionero”.

Ahora, en esta conversación, recuerda estar frente a una obra de Peralta Ramos. Son dos cuadros pequeños. Uno es el retrato de una mujer y el otro una frase: “Expongo un cuadro ajeno, una obra de Alvarado”. Conoció a un coleccionista que la tenía en su casa y fue. Su investigación lo llevó a hablar con el tal Alvarado. ¿Quién era?

“Creo que vivía en Murcia, en España. Hablamos por teléfono un buen rato y resultó ser que ese hombre, Alvarado, era pintor y que un buen día se fue a vivir a París. Ahí trabajo como babysitter, se enamoró de la madre de una niña que él cuidaba, la retrató. Un buen día volvió a Buenos Aires y Federico lo vio con el cuadro bajo el brazo y le gustó mucho y se lo compró”.

“Otro buen día, adquirió un bastidor igual y escribió la frase: ‘Expongo un cuadro ajeno, una obra de Alvarado’. Mostró ambos cuadros, los expuso en una confitería o un restaurante y hoy esa obra funciona como un tándem”, cuenta. Al finalizar la charla, Alvarado le dice: “Lo curioso es que hoy, para comprar un Alvarado, para comprar mi propia obra, tengo que pagar un Peralta Ramos”.

El escritor Osvaldo Baigorria, otro entrevistado para Del infinito al bife, cuenta algo que le contaron. Performance de vanguardia en el Instituto Di Tella, años sesenta, dictadura militar. De pronto se apagan las luces y se prende una linterna.

—¡Policía Federal! —gritan los uniformados.

—Jodansé por no estudiar —responde Peralta Ramos.

Es el equilibrista burlando el campo minado de la razón. Va por la cuerda floja tentado de la risa. En 1965 ganó el Premio Di Tella con una escultura de yeso y madera. Un huevo gigante titulado Nosotros afuera. El último día de la exhibición, con el galardón ya en su poder, tomó un hacha y destruyó su propia obra.

“Todo Federico es seductor, porque de donde viene y adónde va es siempre imprevisible”, añade Feune de Colombi. “Su legado es la libertad. Es decirte: salí, andá, podés, fijate, es posible. Federico es lo alto y lo bajo, lo ancho y lo angosto, todo en el mismo envase. Incluso en Federico el envase es obra, por eso lo anecdótico”.

“Federico es lo superficial porque es lo profundo y creo que en ese juego de espejos y de karmas y de persona a personaje Federico es absolutamente actual. Él le preguntaba a sus amigos si estaba vigente, era un tema que lo tenía preocupado. Y creo que está más vigente que nunca”, concluye.

Qué no se ha dicho sobre Federico, un OVNI inclasificable. Su persistencia en ubicar su geografía estética en los márgenes (a la vez que brindar unas coordenadas físicas en el radio del Florida Garden, el Di Tella, las galerías de arte alrededor) producía una marca reconocible en Peralta Ramos. De esas cualidades inimitables se ocupa El coso, documental de Néstor Frenkel que se estrenó en 2022 con numerosos testimonios y material de archivo, a la vez que brinda pinceladas sobre una época.

Como en una correlación de personajes y lugares que giran a su alrededor, Mario Salcedo, dueño del bar Barbudos, señala que Jorge Luis Borges desayunaba café doble con una medialuna de grasa mientras los rockeros volvían de girar y Federico cantaba. Es que Peralta Ramos vivía en estado de performance y la conversación misma era un arte: sus extravagantes juegos de palabras como “ahí me gustá acá” o “Misterio de Economía” en relación a la cartera de los problemas económicos.

Sus poemas en servilletas, libretas, cuadernos y cualquier hoja disponible son ahora mismo restaurados, como muestra el documental. Si su vida llegó a la actualidad como anécdota, el rastro de sus registros escritos quedan. Federico fue el personaje pop televisivo, un precursor del humor más extraño e inteligente. Un gánico.